El coronel Romero irrumpió en mi casa para salvarme de un monstruo y reveló nuestro pasado
El violento regreso de Bruno
El salón del pequeño piso en Madrid era un caos absoluto. Cajas de cartón a medio llenar y ropa esparcida por el suelo daban testimonio de mi desesperado intento de huida. Había tomado la decisión de marcharme antes de que fuera demasiado tarde, pero el destino me jugó una mala pasada. Bruno regresó a casa mucho antes de lo previsto, y la furia en sus ojos me heló la sangre.
Con una venda aún sobre su ojo izquierdo por una pelea reciente, se alzó sobre mí como una sombra amenazante. Me arrojó contra la alfombra, destrozando una de las cajas a su paso.

—¡Cállate! ¡Te dije que guardaras silencio! —bramó con una violencia contenida que me hizo temblar de pies a cabeza.
Acorralada y sin escapatoria, solo pude encogerme sobre mí misma, tratando de proteger mi rostro mientras las lágrimas nublaban mi vista.
—¡Para, por favor, no más! —supliqué con un hilo de voz, temiendo lo peor.
En ese instante de terror absoluto, la puerta del pasillo se abrió de golpe con un estruendo ensordecedor. Para mi sorpresa, no era la policía local, sino el coronel Romero, un condecorado oficial del ejército español, vestido con su uniforme de gala impecable. Su presencia llenó la habitación de una autoridad indiscutible.
—¡Aléjate de ella! —rugió el coronel, abalanzándose sobre Bruno sin dudarlo un segundo.
Bruno intentó resistirse, forcejeando con desesperación e intentando zafarse del férreo agarre militar del oficial.
—¡Uf! ¡Suéltame! —gritó Bruno, pero sus esfuerzos fueron inútiles.
Con un movimiento rápido y preciso, el coronel Romero lo derribó contra el suelo, inmovilizándolo por completo bajo su peso.
—¡Al suelo! Estás detenido —sentenció el coronel, con una voz que no admitía réplica, mientras llamaba a las autoridades de inmediato.
”Estás detenido —sentenció el coronel, con una voz que no admitía réplica, mientras llamaba a las autoridades de inmediato.