Me traicionaron para enviarme a prisión, pero no sabían de lo que era capaz.
El peaje de la inocencia
La luz fluorescente del comedor de la prisión de Cruz del Sur parpadeaba con un zumbido sordo y molesto, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de hormigón desnudo. El aire estaba saturado de un olor penetrante a rancho rancio y desinfectante barato. Decenas de reclusas, vestidas con uniformes deportivos idénticos de color gris, murmuraban en voz baja, creando un rumor constante que aumentaba la tensión ambiental.
Rebeca, una reclusa pelirroja de mirada gélida y rostro pálido, permanecía sentada en una de las mesas de acero atornilladas al suelo. Su bandeja de comida apenas había sido tocada; su mente estaba en otra parte, atrapada en el recuerdo de la traición que la había llevado a ese infierno. De repente, el bullicio pareció apagarse a su alrededor cuando una figura imponente se interpuso entre ella y la poca luz del comedor.

Marta, una reclusa robusta, de cabello oscuro y mirada cargada de malicia, se deslizó bruscamente en el banco de metal, justo al lado de Rebeca. Sin mediar palabra, extendió su mano gorda y agarró un trozo de pan de la bandeja de la recién llegada, llevándoselo a la boca con un gesto de desprecio absoluto.
—Las nuevas tienen que pagar su peaje, cariño —susurró Marta, con una sonrisa cínica que dejaba ver sus dientes amarillentos.
Rebeca no se inmutó. No tembló, ni desvió la mirada. Lentamente, giró la cabeza hacia su agresora. Sus ojos verdes, antes llenos de vida, ahora reflejaban una determinación inquebrantable que desconcertó a Marta por un milisegundo.
—Ya basta. Levántate —respondió Rebeca, con una voz tan baja y cortante que heló el aire entre ambas.
Ignorando la provocación, Rebeca se puso de pie con parsimonia, recogió su bandeja y comenzó a caminar hacia la zona de lavado. Pero Marta, enfurecida por la falta de sumisión de la novata, se lanzó tras ella como un animal salvaje. Con un rugido sordo, Marta extendió sus brazos para agarrarla por la espalda.
Lo que sucedió a continuación duró apenas tres segundos. Con una agilidad asombrosa, Rebeca pivotó sobre sus talones, esquivando la embestida. Aprovechando la inercia de la atacante, le atrapó el brazo, metió la cadera y la proyectó con una fuerza descomunal contra el suelo de hormigón. Un golpe seco retumbó en la sala. Antes de que Marta pudiera asimilar el impacto, Rebeca descargó un pisotón preciso en su pecho, dejándola sin respiración. Sin mirar atrás, Rebeca continuó su camino con una calma escalofriante, bajo la atenta y sorprendida mirada de un guardia de seguridad.
”Sin mirar atrás, Rebeca continuó su camino con una calma escalofriante, bajo la atenta y sorprendida mirada de un guardia de seguridad.