Me encerraron por un crimen ajeno y el guardia corrupto intentó destruirme en prisión
El patio del infierno
El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de cemento de la prisión de Cruz del Sur, calentando las vallas metálicas que nos separaban del mundo exterior. Yo estaba apoyada contra el frío metal de la alambrada, intentando encontrar un momento de paz en medio de aquel infierno de rejas y lamentos. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y mis brazos tatuados, mudos testigos de un pasado que intentaba dejar atrás, cruzados sobre el pecho. No quería problemas, pero en este lugar, los problemas siempre sabían dónde encontrarte.
De repente, una sombra se interpuso entre el sol y yo. Era el oficial Ruiz, un guardia de complexión robusta cuyo uniforme azul oscuro parecía quedarle estrecho debido a la tensión que siempre acumulaba. No venía solo; lo acompañaba Dolores, una de las reclusas más peligrosas de la prisión, famosa por su brutalidad y su absoluta falta de piedad. Ruiz me miró con desprecio, buscando una excusa para quebrar mi resistencia.

—Quítatelos. Ahora —ordenó Ruiz, señalando los pequeños pendientes de plata que adornaban mis orejas, el único recuerdo que conservaba de mi madre.
Mantuve la mirada fija en sus ojos, sin mostrar un ápice de temor. Sabía perfectamente que los pendientes estaban autorizados por la dirección del centro, pero Ruiz solo buscaba humillarme frente a las demás reclusas que ya empezaban a formar un círculo a nuestro alrededor. Al ver mi negativa, el guardia dio un paso al frente, con el rostro enrojecido por la ira.
—Venga, inténtalo —desafió Ruiz, lanzando un golpe rápido hacia mi rostro.
Pero cometió un grave error de cálculo. Esquivé su puño con un movimiento instintivo de cabeza y, aprovechando su inercia, le conecté un gancho directo a la mandíbula que lo mandó directamente al suelo. El silencio se apoderó del patio por un segundo, antes de que una de las aliadas de Dolores rompiera la calma.
—¡Bájale la cabeza! ¡Vamos, Dolores! —gritó una voz desde el fondo.
Dolores cargó contra mí como un toro enfurecido, intentando sujetarme por los hombros para derribarme. Con la rapidez que solo da el entrenamiento militar de mi juventud, detuve su avance y le propiné un rodillazo seco en el plexo solar. Dolores se dobló por la mitad, soltando un gemido ahogado antes de caer de rodillas sobre el ardiente hormigón. Me quedé de pie, completamente serena y sin un rasguño, bajo la mirada atónita de todo el penal.
”Me quedé de pie, completamente serena y sin un rasguño, bajo la mirada atónita de todo el penal.