La capitana que me salvó de las garras de mi peor enemigo
El ambiente en la habitación 412 del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid era asfixiante, a pesar del brillo estéril de sus paredes blancas y la luz diáfana que entraba por el gran ventanal. En una esquina, una pequeña bandera de España de sobremesa recordaba la naturaleza oficial del caso. Sobre la cama de metal, Sara, una joven de apenas veintiséis años, intentaba inútilmente contener las lágrimas. Su cuello estaba rígidamente aprisionado por un collarín ortopédico, testigo mudo de la brutal agresión que la había llevado allí.
Un ataque inesperado en la clínica
A su lado, la capitana Martínez, una experimentada oficial de la Policía Nacional de cuarenta y tres años, vestida con su impecable uniforme oscuro y guantes blancos de gala, trataba de transmitirle calma. La capitana conocía bien el historial de violencia de Marcos, el exmarido de Sara, y sabía que el peligro no había pasado del todo. Sin embargo, nadie esperaba la audacia del agresor aquella tarde.

De pronto, un violento estrépito rompió la tensa calma del pasillo. La puerta de la habitación se abrió de golpe con un impacto ensordecedor. Un agente del Grupo Especial de Operaciones (GEO), asignado para la custodia de la joven, forcejeaba desesperadamente con un hombre fuera de sí. Era Marcos. Con los ojos inyectados en sangre y vistiendo una camiseta gris oscura, el agresor logró zafarse del oficial con una fuerza animal.
—¡Argh! —rugió Marcos con una furia desatada mientras se abalanzaba directamente hacia la camilla de Sara.
Antes de que el GEO pudiera reponerse, Marcos agarró con saña el cabello de la joven, provocándole un grito de dolor que heló la sangre de los presentes. Pero la capitana Martínez reaccionó con la velocidad de un rayo. Interponiéndose entre el agresor y la víctima, propinó a Marcos una ráfaga de puñetazos precisos seguidos de una espectacular y devastadora patada alta directamente al pecho.
—¡Ja! —exclamó la capitana al descargar el golpe que envió a Marcos directo contra la pared.
Inmediatamente, el oficial del GEO recuperó el control de la situación, inmovilizando al agresor en el suelo y arrastrándolo a la fuerza fuera de la habitación. En la camilla, Sara se cubría el rostro con las manos, temblando y sollozando incontrolablemente ante la mirada protectora de su salvadora.
”En la camilla, Sara se cubría el rostro con las manos, temblando y sollozando incontrolablemente ante la mirada protectora de su salvadora.