Segundas oportunidades · Historia

Una reclusa defendió a la víctima de la prisión sin saber el secreto que ocultaba

Una reclusa defendió a la víctima de la prisión sin saber el secreto que ocultaba — Parte 1
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El código de las sombras

La humedad de las duchas del módulo tres se adhería a la piel como una condena secundaria. El vapor espeso apenas dejaba ver las baldosas agrietadas y amarillentas, testigos mudos de innumerables tragedias silenciosas. En ese rincón olvidado de la prisión de Soto del Real, las reglas del exterior no existían; allí imperaba la ley de la fuerza, dictada por aquellos que no tenían nada que perder.

Begoña, una reclusa imponente de cabello rubio platino y mirada gélida, disfrutaba de su absoluto control. Aquella mañana, su objetivo era Sara, una joven recién llegada cuyo único delito parecía ser su extrema fragilidad. Con un empujón calculado, una de las secuaces de Begoña hizo tropezar a Sara, quien cayó de rodillas sobre el suelo resbaladizo, sollozando sin consuelo.

Una reclusa defendió a la víctima de la prisión sin saber el secreto que ocultaba

«A ver si así te limpias las lágrimas, niñata», siseó Begoña con una sonrisa cruel.

Acto seguido, vació un bote de champú industrial directamente sobre la cabeza húmeda de Sara, cubriéndole los ojos con espuma química. Mientras las demás reclusas contemplaban la escena entre risas burlonas y un silencio cómplice nacido del miedo, Sara se encogía, desarmada por la humillación.

Fue en ese instante cuando la silueta de Maia apareció en el umbral de la puerta. Con su complexión atlética y vestida con el desgastado chándal gris de la prisión, Maia observó la escena sin que le temblara el pulso. No pertenecía a ninguna banda, pero su reputación de mantener la cabeza fría la precedía.

«Ya basta», pronunció con una calma que cortó el aire húmedo de la sala.

Begoña se giró lentamente, incrédula ante el desafío. Sus ojos se inyectaron en sangre al reconocer a la intrusa. «Tú...», gruñó con desprecio antes de abalanzarse con todo su peso hacia ella. Pero Maia estaba preparada. Con un movimiento felino, esquivó la embestida lateralmente, conectó una serie de golpes precisos en los flancos de Begoña y, aprovechando el propio impulso de la gigante, barrió sus piernas. El impacto de Begoña contra las baldosas húmedas resonó como un trueno, dejando a todo el módulo en un absoluto y estupefacto silencio.

El impacto de Begoña contra las baldosas húmedas resonó como un trueno, dejando a todo el módulo en un absoluto y estupefacto silencio.