Pensaron que me quebrarían en prisión, pero no sabían con quién se estaban metiendo
El rugido del silencio
La cafetería de la prisión de alta seguridad de Soto del Real siempre olía a una mezcla rancia de lejía barata, repollo hervido y desesperación acumulada. Bajo la luz parpadeante y fría de los tubos fluorescentes, cientos de mujeres vestidas con chándales grises idénticos consumían sus raciones en un murmullo constante. Jimena, una mujer de cabello cobrizo y mirada cansada pero firme, intentaba concentrarse en su bandeja de metal. No buscaba problemas. Solo deseaba que los días pasaran rápido para demostrar su inocencia y recuperar la libertad que su propia familia le había arrebatado.
Sin embargo, el destino en prisión tiene sus propias reglas de sumisión. El banco de hierro crujió violentamente cuando Begoña, la reclusa más temida del módulo de mujeres, se sentó a su lado sin pedir permiso. Con una sonrisa socarrona cargada de malicia, Begoña estiró sus dedos toscos y tomó un trozo de pan directamente de la bandeja de Jimena. Las presas de las mesas contiguas guardaron un silencio sepulcral, esperando la humillación habitual.

—Las nuevas tienen que pagar su peaje, cariño —susurró Begoña con un tono arrastrado, buscando provocar una reacción de pánico.
Jimena no desvió la mirada de la mesa. Respiró hondo, sintiendo cómo los recuerdos de la traición de su hermana Laura le daban la fuerza que creía haber perdido. Ya no era la mujer sumisa que aceptaba los golpes del destino sin defenderse.
—Ya basta. Levántate —respondió Jimena con una calma gélida que descolocó a la matona.
Begoña soltó una carcajada desafiante. Jimena se levantó despacio, dispuesta a evitar un conflicto mayor, y comenzó a caminar hacia la salida del comedor. Pero la humillación pública no era algo que Begoña perdonara. Con un grito de rabia, se abalanzó sobre Jimena por la espalda, intentando derribarla contra el suelo de hormigón. Lo que no sabía es que el padre de Jimena había sido instructor de la policía. En un movimiento rápido y preciso, Jimena esquivó el ataque, aprovechó la inercia del cuerpo de su agresora y la proyectó con fuerza contra el suelo. Tras un golpe seco que resonó en todo el pabellón, Jimena le propinó un pisotón intimidante a escasos centímetros de su rostro y se marchó bajo la mirada atónita del guardia.
”Tras un golpe seco que resonó en todo el pabellón, Jimena le propinó un pisotón intimidante a escasos centímetros de su rostro y se march…