Salvé a una anciana en prisión y su secreto cambió mi destino para siempre
La tensión en las cocinas de Cruz del Sur
El ambiente en las cocinas de la prisión de Cruz del Sur siempre era sofocante, pero aquella tarde el aire se sentía especialmente denso. Entre el vapor de las ollas industriales y el penetrante olor a desinfectante, las reclusas trabajaban en silencio, con la mirada fija en sus tareas para evitar cualquier conflicto. Sonia, una mujer de constitución fuerte y mirada decidida, apilaba las bandejas de metal con movimientos mecánicos, manteniendo siempre un ojo en su entorno. En un lugar como este, la distracción podía costar muy cara.
De repente, un ruido sordo rompió la monotonía del lugar. En la esquina de los fregaderos, la imponente figura de Olga, conocida por su brutalidad y la profunda cicatriz que marcaba su mejilla, tenía acorralada a Mila. Mila era una mujer mayor, de cabello plateado, cuya fragilidad la convertía en el blanco fácil de los abusos. Sin mediar palabra, Olga la tomó del cabello y empujó su cabeza con violencia bajo el agua jabonosa y turbia del fregadero.

Mila forcejeaba débilmente, emitiendo sonidos ahogados mientras el agua inundaba sus pulmones. Las demás reclusas se congelaron, apartando la mirada por temor a convertirse en las siguientes víctimas. Nadie se atrevía a intervenir. Nadie excepto Sonia. Al ver la injusticia, una chispa de rabia encendió su pecho. Soltó las bandejas, que resonaron estrepitosamente contra el suelo, y corrió hacia el fregadero.
Con una fuerza sorprendente, Sonia aferró a Olga por los hombros y la apartó de un tirón. Olga, sorprendida por la audacia de la interrupción, se giró rugiendo de furia y lanzó un golpe directo al rostro de Sonia. Sin embargo, Sonia esquivó el puño con destreza y respondió con una rápida combinación de golpes que desestabilizó a la gigante. Con un movimiento preciso, Sonia barrió las piernas de Olga, estampándola contra el frío suelo de hormigón.
Sonia se arrojó sobre ella, inmovilizándola por completo. Con el rostro a pocos centímetros del de Olga, le clavó una mirada cargada de una fría e intensa amenaza.
—Vuelve a tocarla y estás muerta —susurró Sonia, con una voz tan baja y gélida que heló la sangre de todos los presentes.
Mila, empapada y temblando, miraba la escena con los ojos abiertos por el asombro y el agradecimiento, mientras el silencio volvía a reinar en la cocina.
”Con el rostro a pocos centímetros del de Olga, le clavó una mirada cargada de una fría e intensa amenaza.—Vuelve a tocarla y estás muerta…