Traición · Ficción breve

Me encerraron por un crimen ajeno, pero la prisión no pudo destruir mi verdad

Me encerraron por un crimen ajeno, pero la prisión no pudo destruir mi verdad — Parte 1
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El rugido de la Gueparda

El aire en el patio de la prisión provincial era denso, cargado de polvo y del sofocante calor del verano madrileño. Para Sara, de treinta y tres años, ese patio gris era el único lugar donde podía silenciar los demonios de la traición que la habían arrastrado tras las rejas. Con el cabello pelirrojo rígidamente recogido en una trenza y vistiendo el sencillo chándal gris del centro penitenciario, se concentraba en el ritmo de su propia respiración. Sus brazos, tonificados por meses de implacable disciplina física, sostenían su cuerpo mientras realizaba fondos en las barras paralelas de metal oxidado.

A su alrededor, el murmullo de las demás reclusas formaba un ruido de fondo constante, un recordatorio de que en ese lugar la debilidad era un pecado imperdonable. De repente, la atmósfera se tensó. Un pesado balón medicinal cruzó el aire a gran velocidad directo hacia su rostro. Con unos reflejos felinos que le habían ganado el apodo de la Gueparda, Sara soltó las barras, atrapó el balón en el aire con firmeza y plantó los pies en la tierra seca.

Me encerraron por un crimen ajeno, pero la prisión no pudo destruir mi verdad

Frente a ella se alzaba Begoña, una reclusa de treinta y nueve años, de complexión robusta, ataviada con una chaqueta vaquera descolorida y una mirada cargada de hostilidad gratuita. Begoña avanzó desafiante, rompiendo la distancia de seguridad.

«¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita!»

El grito de Begoña encendió la chispa en el patio. Las reclusas se agolparon de inmediato formando un círculo humano, ansiosas por ver sangre.

«¡Dale una paliza! ¡Vamos, Gueparda!»

Begoña se lanzó al ataque con un derechazo salvaje. Sara, manteniendo una calma glacial, esquivó el puñetazo agachándose con precisión milimétrica. Al incorporarse, contrarrestó el asalto, pero Begoña, enfurecida, la atrapó en un abrazo asfixiante. Sintiendo la enorme presión sobre sus costillas, Sara reaccionó de inmediato: apoyó sus manos con fuerza sobre los hombros de su oponente y le asestó un rodillazo seco y devastador directamente en el abdomen. El aire abandonó los pulmones de Begoña, quien se desplomó sobre el polvo del patio. Sin mirar atrás, Sara se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejando claro quién dominaba el patio.

Sin mirar atrás, Sara se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejando claro quién dominaba el patio.