Traición · Ficción breve

Su prometido la traicionó enviándola a prisión, pero una reclusa cambió su destino

Su prometido la traicionó enviándola a prisión, pero una reclusa cambió su destino — Parte 1
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El precio de la lealtad

El sol de la tarde caía sin piedad sobre el patio de cemento de la prisión de Alcalá-Meco. El aire era pesado, cargado con el olor a lejía y a ropa húmeda que se secaba en los tendederos improvisados junto a las altas vallas de espino. Para Sara, de veintinueve años, ese patio era el único lugar donde podía escapar, aunque fuera por unos instantes, de las paredes opresivas de su celda. Con el cabello castaño recogido en una coleta y sus brazos tatuados tensos por el esfuerzo, realizaba su rutina diaria en la barra de dominadas.

De repente, el silencio del patio se rompió. Un pesado balón medicinal voló con violencia directo hacia su cabeza. Con unos reflejos afinados por meses de tensión constante, Sara soltó la barra, atrapó el balón en el aire, amortiguó el impacto y lo rodó por el suelo con desdén. Frente a ella se alzaba Dolores, una reclusa de cuarenta y un años con hombros anchos y una mirada cargada de hostilidad.

Su prometido la traicionó enviándola a prisión, pero una reclusa cambió su destino
—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —gritó una de las espectadoras desde las sombras del muro.
—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Dolores! —corearon otras, hambrientas de violencia.

Dolores no esperó. Se abalanzó sobre Sara y le propinó un puñetazo brutal en el estómago. El impacto fue seco, pero Sara, cuyo cuerpo se había endurecido tanto como su alma tras la traición de su prometido, absorbió el golpe sin doblegarse. Con una rapidez letal, Sara esquivó el siguiente movimiento y conectó un derechazo preciso en la mandíbula de Dolores. Acto seguido, la sujetó en un agarre de hierro y le propinó un rodillazo demoledor en el plexo solar, enviándola directamente al suelo. Sin decir una palabra, Sara regresó a la barra, ignorando los murmullos de asombro que recorrían el patio.

Sin decir una palabra, Sara regresó a la barra, ignorando los murmullos de asombro que recorrían el patio.