Venganza · Ficción breve

El precio de la traición tras las rejas de una prisión implacable

El precio de la traición tras las rejas de una prisión implacable — Parte 1
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La chispa en el patio de recreo

El sol de justicia caía sobre el patio de cemento de la prisión de alta seguridad, agrietando la paciencia de las reclusas que buscaban un soplo de aire fresco. Ámbar caminaba en silencio, vistiendo el sencillo chándal gris reglamentario que ocultaba su figura esbelta pero fibrosa. Sus ojos oscuros reflejaban un cansancio profundo, pero también una determinación inquebrantable. Había pasado dos años pagando por un delito ajeno, soportando la injusticia en silencio absoluto.

De repente, una sombra masiva se interpuso en su camino. Helga, una reclusa de complexión robusta y cabello claro, conocida por su crueldad y por ser el brazo ejecutor de los guardias corruptos, extendió su pierna con malicia. Ámbar no pudo evitar el obstáculo y rodó de forma violenta por el suelo áspero, raspándose las manos y las rodillas contra el hormigón ardiente.

El precio de la traición tras las rejas de una prisión implacable
«¡Fíjate por dónde vas, debilucha!», gritó Helga con una risotada que resonó en todo el patio.

A pocos metros, la oficial Sara observaba la escena con una sonrisa de complicidad. Lejos de intervenir para imponer orden, la guardia se limitó a soltar una carcajada antes de gritar con desgana un hipócrita: «¡Ya basta!». El mensaje era claro: en este patio, Ámbar estaba completamente sola.

Pero el dolor físico encendió una chispa que llevaba meses apagada en el pecho de Ámbar. Lentamente, se incorporó apoyándose en un banco de madera, limpiándose la tierra de las palmas de las manos. Sus ojos se clavaron en Helga con una fijeza gélida. Dio tres pasos firmes hacia su rival. Helga, confiada en su superioridad física, lanzó un puñetazo directo al rostro de Ámbar.

Con un movimiento fluido y veloz, Ámbar esquivó el golpe y contraatacó. Sus puños impactaron con precisión quirúrgica en las costillas y luego en el rostro de la gigante, derribándola al suelo ante el asombro de la multitud. Sin mirar atrás, Ámbar se alejó con paso firme y expresión imperturbable.

Sin mirar atrás, Ámbar se alejó con paso firme y expresión imperturbable.