Venganza · Ficción breve

Humillaron a una anciana indefensa en prisión sin saber con quién se metían

Humillaron a una anciana indefensa en prisión sin saber con quién se metían — Parte 1
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El infierno tras los muros de Santo Domingo

El aire del patio de la prisión provincial de Santo Domingo era espeso, cargado de una humedad que calaba hasta los huesos. Elena arrastraba la manguera sobre el cemento agrietado, tratando de limpiar los restos de la lluvia de la noche anterior. Vestida con el tosco chándal gris del penal, intentaba mantener la cabeza baja, esquivando las miradas de las demás reclusas. Sin embargo, en un lugar donde la debilidad se huele a kilómetros, la discreción no siempre es suficiente para salvarte.

De repente, un tirón violento la desestabilizó. Elena cayó de rodillas sobre el suelo mojado, sintiendo el impacto frío del hormigón. Al levantar la vista, se encontró con la imponente figura de Begoña, la reclusa que controlaba el pabellón con puño de hierro. Sosteniendo la manguera con una mueca de superioridad, Begoña la miró desde arriba, disfrutando de la humillación ajena.

Humillaron a una anciana indefensa en prisión sin saber con quién se metían
—He oído que fuera también eras muy importante. Qué curioso: aquí solo pareces una conejita asustada que ha perdido a su grupo —siseó Begoña, desatando las risas de sus secuaces.

Elena apretó los dientes, tragándose la rabia. Sabía que responder era caer en su trampa. Pero la crueldad de Begoña no conocía límites. Antes de que Elena pudiera incorporarse, Clara, una anciana de cabellos blancos y andar vacilante que siempre le mostraba compasión, intervino. Con una valentía que rozaba la imprudencia, Clara sujetó el brazo de la agresora.

—Déjalo. Déjala en paz —suplicó la anciana con voz temblorosa.

La respuesta de Begoña fue inmediata y brutal. Giró la manguera y apuntó con la presión máxima directamente al rostro de la anciana. El chorro de agua golpeó a Clara, derribándola al suelo sin piedad.

—No es asunto tuyo —escupió Begoña.

Al ver a la anciana indefensa jadeando en el suelo húmedo, algo se quebró definitivamente dentro de Elena. El miedo desapareció, reemplazado por una furia fría y calculadora. Apoyando las manos en el cemento, comenzó a levantarse lentamente, con la mirada fija en su enemiga.

Apoyando las manos en el cemento, comenzó a levantarse lentamente, con la mirada fija en su enemiga.