La traición de mi propio esposo me llevó a las esposas ante todo el pueblo
El arresto bajo las columnas de piedra
El sol de la tarde caía con fuerza sobre la plaza del ayuntamiento de Toledo, proyectando sombras alargadas sobre las imponentes columnas de piedra del edificio municipal. Alba sentía que el aire le faltaba, no por el calor, sino por la opresión del metal frío que rodeaba sus muñecas. Apenas unos minutos antes, su vida se había desmoronado por completo cuando dos oficiales de policía irrumpieron en el vestíbulo para detenerla bajo cargos de fraude masivo.
El oficial Ricardo, un hombre de cabello canoso y mirada cansada por los años de servicio, la sujetaba del brazo izquierdo con firmeza pero sin brusquedad. A su lado, el oficial Lucas, un agente más joven y de mandíbula tensa, aseguraba el otro flanco. Alba, vestida con una sencilla camiseta gris y vaqueros, parecía una figura frágil entre los dos uniformados, pero en su interior ardía una mezcla de pánico y desesperación absoluta.

—¡Tenéis que escucharme! ¡Esto es una trampa de Javier! Él transfirió ese dinero para incriminarme y quitarme a mi hija —suplicaba Alba, con la voz rota por el llanto.
Detrás de las vallas metálicas que la policía había colocado para contener a los curiosos, la multitud murmuraba. Los vecinos del pueblo, aquellos que la habían visto crecer y atender con amabilidad el negocio familiar, ahora la miraban con recelo y sospecha. Entre la multitud, la figura de su aún esposo, Javier, destacaba por su inquietante tranquilidad. Tenía una media sonrisa dibujada en el rostro, una mueca de triunfo que encendió una chispa de locura en el pecho de Alba.
Al darse cuenta de que si cruzaba el umbral del coche patrulla perdería la custodia de su pequeña Lucía para siempre, el instinto de madre superó a la razón. Alba se revolvió con una fuerza insospechada. Con un movimiento rápido, lanzó una patada que impactó directamente en el pecho del oficial Ricardo. El veterano policía retrocedió un paso, sorprendido por la agresión. Sin embargo, su entrenamiento se impuso de inmediato. Con un movimiento fluido y preciso, barrió las piernas de Alba.
El impacto contra el pavimento de piedra fue seco y brutal. Alba cayó de espaldas, sintiendo cómo el golpe le robaba el aliento. Un jadeo colectivo recorrió a la multitud congregada mientras la cabeza de Alba quedaba a pocos centímetros del suelo, con los ojos fijos en el cielo azul, preguntándose cómo su vida había llegado a ese abismo de traición y violencia.
”Un jadeo colectivo recorrió a la multitud congregada mientras la cabeza de Alba quedaba a pocos centímetros del suelo, con los ojos fijos…