Rompí el ataúd de mi hermana con un hacha y descubrí una terrible verdad
El último suspiro en la capilla
El ambiente en la capilla del tanatorio de San Isidro era sofocante, cargado con el penetrante olor a lirios frescos y el murmullo de las condolencias hipócritas. Natalia, vestida con un impecable traje de chaqueta negro que acentuaba su porte aristocrático, fingía enjugarse una lágrima con un pañuelo de seda. A su lado, José mantenía la cabeza baja, mostrando la sobria sumisión de un yerno devastado. En el centro de la sala, rodeado de coronas de flores, reposaba el ataúd de madera blanca de Clara. Todo estaba perfectamente calculado, un funeral rápido y sin preguntas.
De repente, las pesadas puertas de madera de la capilla se abrieron de par en par con un estruendo que hizo eco en todo el recinto. El silencio se apoderó del lugar cuando apareció Amaya. Vestía el tosco chándal gris de la prisión provincial, su cabello negro estaba enmarañado por la lluvia y sus manos sostenían con fuerza un hacha de leñador oxidada. Los invitados retrocedieron horrorizados, soltando gritos de pánico absoluto al ver la determinación salvaje en sus ojos.

—¡Espera! —bramó Amaya con una voz rota por la desesperación.
Antes de que los guardias de seguridad pudieran reaccionar, Amaya corrió hacia el altar. Elevó el hacha por encima de su cabeza y la descargó con toda su alma sobre la tapa del féretro. El impacto fue brutal; la madera blanca se astilló en mil pedazos, revelando el interior de seda acolchada. Natalia soltó un grito ahogado, llevándose las manos temblorosas a la boca, mientras José daba un paso al frente con el rostro desfigurado por la ira.
—¡¿Te has vuelto loca?! ¡Guardias, saquen a esta demente de aquí! —rugió José, intentando abalanzarse sobre ella.
—¡No está muerta! —sollozó Amaya, aferrándose al hacha como si fuera su única balsa de salvación—. ¡La oí! ¡Sé que está viva!
Un silencio sepulcral, espeso como la niebla, se adueñó de la capilla. Nadie se atrevía a respirar. Fue en ese milisegundo de quietud cuando un sonido sordo y rítmico emergió del fondo del ataúd. Un golpe débil, seguido de un rasguño desesperado. José se congeló, sus ojos se abrieron desmesuradamente y susurró con incredulidad:
—¿Has oído eso?
”José se congeló, sus ojos se abrieron desmesuradamente y susurró con incredulidad:—¿Has oído eso?