Una novata defiende a una anciana en prisión sin saber el oscuro secreto que las une
El frío del amanecer en la prisión de Cruz del Sur calaba hasta los huesos. Elena mantenía la mirada fija en el suelo de cemento agrietado del patio, vistiendo el chándal gris que se había convertido en su piel durante los últimos tres meses. Ella, que una vez fue una de las inspectoras de policía más prometedoras de Madrid, ahora era solo la reclusa número 4821. Una trampa perfecta orquestada por la corrupción la había despojado de su placa, de su honor y de su libertad. En ese nido de lobos, su única estrategia era ser invisible.
Un estallido de violencia
Pero el anonimato es un lujo que no dura en prisión. Teresa, una interna imponente cuya sola presencia silenciaba el patio, vio en Elena el blanco perfecto para reafirmar su dominio. Cuando la joven se acercó a la fuente de agua para lavarse la cara, Teresa la abordó por la espalda. Con un movimiento brusco y despiadado, hundió la cabeza de Elena bajo el chorro de agua helada, bloqueándole la respiración.

¡Enséñame lo que sabes hacer, novata!
El agua turbia se mezclaba con el pánico. Ninguna de las presas se atrevía a intervenir, temiendo la brutalidad de Teresa. Fue entonces cuando Rut, una reclusa de casi setenta años con el rostro surcado por el dolor de una vida difícil, dio un paso al frente con un cubo de agua en las manos.
¡Atrás, Teresa!
La respuesta de la matona fue inmediata y despiadada: un puñetazo directo que mandó a la anciana al suelo. Al ver a Rut sangrando en el cemento, el instinto policial y la humanidad de Elena despertaron. Con una agilidad letal, esquivó el siguiente ataque de Teresa y desató una combinación de golpes precisos que culminaron con una patada al pecho, derribando a la gigante. El patio enmudeció. Elena se arrodilló junto a la anciana, mirándola a los ojos con firmeza:
Ahora estás conmigo. Nadie te toca.
”Elena se arrodilló junto a la anciana, mirándola a los ojos con firmeza:Ahora estás conmigo. Nadie te toca.