Segundas oportunidades · Ficción breve

Condenó a una joven y años después terminaron en la misma celda

Condenó a una joven y años después terminaron en la misma celda — Parte 1
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El infierno tras las rejas

El olor a cloro industrial y humedad siempre impregnaba las paredes de la lavandería del penal de San Michele. Era un lugar sombrío, iluminado únicamente por el parpadeo constante de unos tubos fluorescentes gastados que zumbaban como moscas. Para Susana, que apenas llevaba dos semanas recluida, aquel sótano de hormigón representaba su peor pesadilla. Ella, que alguna vez vistió la impecable toga de jueza de la Audiencia Nacional, ahora arrastraba los pies con un uniforme deportivo gris y desgastado, cargando un pesado cesto de sábanas húmedas.

De repente, una sombra maciza se interpuso en su camino. Era Helga, una reclusa enorme de origen extranjero que controlaba el pabellón con puño de hierro. Con una sonrisa cargada de desprecio, Helga estiró la pierna con brutalidad. El tropiezo fue inevitable. Susana voló por los aires y cayó pesadamente sobre las frías baldosas del suelo, esparciendo la colada limpia a su alrededor. El dolor en sus rodillas no fue nada comparado con la humillación que estaba por venir.

Condenó a una joven y años después terminaron en la misma celda
—¿Qué pasa, su señoría? ¿Ya no eres tan poderosa sin tu mazo? —se mofó Helga, mientras abría una caja de detergente en polvo y la vaciaba por completo sobre la cabeza de Susana.

El polvo químico cubrió su cabello y sus ojos, haciéndola toser desesperadamente mientras las demás reclusas miraban con temor. Una de ellas intentó tímidamente gritar que ya bastaba, pero la mirada asesina de Helga la hizo callar al instante. Fue entonces cuando la silueta de Diana apareció al final del pasillo. Con su imponente físico y una coleta oscura balanceándose con cada paso firme, Diana avanzó decidida hacia el conflicto.

Helga, al verla llegar, lanzó un puñetazo salvaje directo a su rostro. Pero Diana, con reflejos felinos, bloqueó el ataque con su antebrazo izquierdo, aferró la muñeca de la agresora con una fuerza descomunal y le propinó un rodillazo seco y devastador en el abdomen. Helga se dobló a la mitad, gimiendo de dolor, mientras Diana permanecía erguida, desafiante y protectora frente a la mujer que, años atrás, la había condenado.

Helga se dobló a la mitad, gimiendo de dolor, mientras Diana permanecía erguida, desafiante y protectora frente a la mujer que, años atrá…