Humillaron a la recluta en el fango sin saber el secreto de su vieja insignia
La prueba de fuego
El viento helado soplaba sobre el campo de tiro de la base de San Lorenzo, levantando una fina cortina de polvo gris sobre la grava. Elena sentía el frío calar hasta sus huesos, pero no se movía. Sostenía el fusil con firmeza, ignorando la dolorosa grieta en la culata sintética que amenazaba con desestabilizar cada disparo. A su lado, el cabo Rubén no disimulaba su desprecio. Con una sonrisa socarrona y rodeado de un grupo de soldados que reían por lo bajo, se acercó para propinarle el último golpe psicológico antes de la prueba.
—¡La gente como tú no pertenece aquí! —le gritó Rubén con saña, buscando provocar su rendición.— Vuelve a casa antes de que te hagas daño con ese juguete roto.
Elena no respondió. Con una calma que desconcertó a sus acosadores, sacó un rollo de cinta americana negra y comenzó a envolver la culata agrietada de su arma. Cada vuelta de la cinta era un juramento de resistencia. Sabía que Rubén había saboteado su fusil la noche anterior, pero no le daría el gusto de quejarse. En la milicia, las quejas se pagaban con el desprecio de los instructores.

Desde la imponente torre de vigilancia, un megáfono distorsionado rompió la tensión del ambiente:
—¡Trescientos metros! ¡Ronda final!
Detrás de la línea de tiradores, la figura severa y canosa del general Briggs observaba la escena. Su mirada de acero se posó en Elena, analizando la improvisada reparación de su fusil. La joven se arrodilló sobre la grava, alineó la mira telescópica y esperó el momento exacto entre racha y racha de viento. Su pupila se dilató. Apretó el gatillo y un único y ensordecedor disparo resonó en todo el valle.
El general Briggs, que sostenía unos binoculares, dio un paso al frente con el rostro desencajado por el asombro. La precisión del impacto desafiaba toda lógica militar con un arma en ese estado.
—Espera... ¿dónde aprendió eso? —susurró el general para sí mismo, reconociendo al instante una técnica legendaria que creía extinta.
”—susurró el general para sí mismo, reconociendo al instante una técnica legendaria que creía extinta.