Venganza · Ficción breve

El secreto en mi muñeca que hizo temblar al juez más poderoso de España

El secreto en mi muñeca que hizo temblar al juez más poderoso de España — Parte 1
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El reencuentro en las sombras

El aire del club de tiro de Madrid estaba impregnado de olor a pólvora y metal frío. Para Elena, ese olor no era una simple molestia; era el perfume de la disciplina que había cultivado durante los últimos quince años. Con su cabello oscuro perfectamente recogido en una trenza firme y un suéter gris que ocultaba la tensión de sus hombros, se ajustó los guantes tácticos. Cada movimiento era calculado, frío y preciso.

A su lado, un instructor del club la observaba con escepticismo, cruzando los brazos sobre el pecho. Viendo su aparente calma, murmuró con tono arrogante:

El secreto en mi muñeca que hizo temblar al juez más poderoso de España
—Esta no es una clase para principiantes. Si te asustan los ruidos fuertes, es mejor que te retires ahora.

Elena no se inmutó. Su mirada permaneció fija en la silueta de papel al fondo del pasillo de tiro. En ese instante, la voz metálica del anunciador resonó por los altavoces, marcando el inicio del ejercicio:

—El desafío final empieza ahora.

Con una velocidad que dejó sin aliento al instructor, Elena levantó su rifle de asalto. El sonido ensordecedor de los disparos llenó la sala en una ráfaga perfecta. Cuatro impactos directos en el centro del pecho del objetivo. Ni un solo milímetro de desviación.

Detrás del cristal de seguridad, un hombre de cabello canoso y traje gris a medida observaba la escena. Era el juez Tomás de la Vega, uno de los hombres más influyentes del país. Su habitual expresión de superioridad se desmoronó por completo al ver la destreza de la mujer. Pero el verdadero terror se apoderó de él cuando Elena, con un gesto deliberado, se bajó la manga del suéter para limpiar el sudor de su frente.

En su muñeca izquierda quedó al descubierto un tatuaje perfectamente definido: una estrella negra de cinco puntas. Al verla, el juez Tomás retrocedió un paso, con el rostro pálido y los labios temblorosos.

—Esa marca... No puede ser —susurró, sintiendo que el pasado que creía haber enterrado regresaba para reclamar su vida.

No puede ser —susurró, sintiendo que el pasado que creía haber enterrado regresaba para reclamar su vida.