Traición · Ficción breve

Mi propio hijo me vio caer por las escaleras sin mover un solo dedo

Mi propio hijo me vio caer por las escaleras sin mover un solo dedo — Parte 1
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La traición en el porche

El sol de la tarde caía sobre el porche de madera de la casa de Pozuelo de Alarcón, pintando sombras alargadas sobre las baldosas. Para cualquiera que pasara por la calle, aquella parecía la viva imagen de una familia acomodada y feliz. Sin embargo, detrás de las paredes de aquella vivienda unifamiliar se escondía un infierno de codicia y desprecio que estaba a punto de estallar de la manera más violenta posible.

Marta, una mujer de sesenta y ocho años con el cabello gris claro recogido con sencillez, retrocedía temblando por los escalones del porche. Frente a ella, su nuera Alba, vestida con una camiseta verde y unos vaqueros rotos, avanzaba con el rostro desfigurado por la ira. La discusión por el dinero de la herencia y las escrituras de la casa había alcanzado su punto de no retorno. La codicia había emponzoñado el aire de aquella casa desde hacía meses, pero Marta se resistía a aceptar que la carne de su carne pudiera albergar tanta maldad.

Mi propio hijo me vio caer por las escaleras sin mover un solo dedo
¡Te vas de esta casa hoy mismo, vieja molesta! ¡Ya no nos sirves para nada!

Gritó Alba, perdiendo por completo el control. Marta buscó desesperadamente con la mirada a su hijo David, quien permanecía de pie bajo el umbral de la puerta. Llevaba un polo gris oscuro y observaba la escena con una frialdad espeluznante. No había compasión en sus ojos; solo un vacío gélido que rompió el corazón de su madre mucho antes de que su cuerpo tocara el suelo.

Con un movimiento brusco y lleno de malicia, Alba propinó un fuerte empujón a Marta. Los gastados escalones de madera no resistieron el peso y se astillaron con un crujido seco. Marta cayó de espaldas, rodando sin control por la escalera, destrozando a su paso las macetas de barro que con tanto esmero había plantado semanas atrás. El impacto contra el suelo de cemento resonó como un trueno en el silencio del jardín. Marta sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones y una densa oscuridad comenzaba a cernirse sobre sus ojos mientras la tierra húmeda se esparcía por el camino.

Marta sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones y una densa oscuridad comenzaba a cernirse sobre sus ojos mientras la tierra húmeda se…