La reclusa que intentó destruirme en prisión terminó salvando mi vida tras descubrir la verdad
El precio del silencio
El pasillo del módulo norte de la prisión de mujeres era un desierto de hormigón beige, iluminado únicamente por el zumbido mortecino de unos tubos fluorescentes que parpadeaban de forma intermitente. Raquel caminaba con la cabeza erguida, intentando ignorar la opresión en su pecho. Llevaba seis meses sobreviviendo en aquel infierno de rejas, manteniendo una distancia prudencial de los problemas. Sin embargo, en un lugar donde la debilidad se huele como la sangre en el agua, la paz nunca dura demasiado.
De repente, una silueta imponente le cortó el paso. Era Tania, la reclusa más temida del pabellón, flanqueada por dos de sus habituales seguidoras. Tania, con su llamativo cabello rubio platino y una camiseta de tirantes negra que dejaba al descubierto sus brazos tatuados, clavó su mirada depredadora en el pequeño paquete de toallitas húmedas que Raquel sostenía entre sus manos. Sin mediar palabra, de un rápido manotazo, Tania arrojó el paquete al suelo, donde quedó tirado sobre el cemento sucio.

—Hora de pagar el peaje, novata —siseó Tania, mostrando una sonrisa cargada de desprecio.
La tensión en el pasillo se volvió casi insoportable. Las pocas internas que merodeaban por la zona se detuvieron, esperando ver la habitual humillación de una recién llegada. Pero Raquel ya no era la misma mujer indefensa que había cruzado las puertas del penal meses atrás. El dolor de la traición familiar y el encierro habían templado su carácter como el acero.
Raquel se agachó despacio, pero no para suplicar. Clavó sus ojos claros en los de la gigante rubia con una determinación absoluta.
—Ven a por ellas —respondió Raquel, con una voz extrañamente calmada.
Una de las cómplices de Tania, interpretando el gesto como un desafío imperdonable, dio un paso al frente lanzando un puñetazo. Raquel, con reflejos felinos, esquivó el ataque y contragolpeó con un puñetazo seco y directo a la mandíbula de la agresora, que cayó desplomada al suelo. Antes de que Tania pudiera reaccionar a la sorpresa, Raquel dio un paso adelante y le asestó un brutal gancho en el estómago. El impacto dejó sin aire a la líder del patio, quien se desplomó de rodillas, jadeando y retorciéndose de dolor. Sin mirar atrás, Raquel recogió sus pertenencias y se alejó con paso firme.
”Sin mirar atrás, Raquel recogió sus pertenencias y se alejó con paso firme.