La verdad oculta detrás del abismo donde Arturo llevó a su anciana madre
El abismo del pasado
El sol del desierto caía como un castigo implacable sobre las áridas tierras del cañón. Margarita, una mujer de setenta y dos años de cabello canoso y mirada cansada, vestía su suéter lavanda favorito, ajena al terrible propósito de su hijo. Arturo, que a sus cincuenta años cargaba con el peso de un resentimiento silencioso, empujaba la silla de ruedas con una firmeza inusual. Sus pasos sobre la tierra seca y crujiente eran el único sonido que competía con el silbido del viento.
A pocos metros del precipicio, un majestuoso semental blanco observaba la escena desde una loma cercana, como un guardián de piedra y viento. Margarita sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando el olor a tierra húmeda del río, que corría cientos de metros abajo, llegó a su rostro. Arturo no se detuvo. Con una determinación helada, empujó la silla hasta que las ruedas delanteras superaron el borde del abismo.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Arturo, por favor, detente! —gritó Margarita, aferrándose a los reposabrazos con las manos temblorosas.
El pánico en los ojos de la anciana era absoluto. El vacío se abría ante ella como una boca hambrienta dispuesta a tragarse sus últimos años de vida. Arturo, vistiendo su viejo cortavientos beige, mantenía las manos firmes en las empuñaduras de la silla. Sus nudillos estaban blancos por el esfuerzo de sostener el peso de su madre suspendido en la nada. No había odio en su rostro, sino una profunda e insoportable tristeza que amenazaba con desbordarse.
Margarita miró hacia el fondo del cañón y luego a su hijo, buscando una explicación a semejante locura. ¿Cómo era posible que el niño que había criado con tanto amor estuviera a punto de arrojarla al vacío? La respuesta estaba a punto de desenterrar el secreto más oscuro de su familia.
”La respuesta estaba a punto de desenterrar el secreto más oscuro de su familia.