Una moneda de plata perdida reveló el secreto mejor guardado del General Ortega
Un tropiezo que cambió el destino
El imponente Cuartel General del Ejército de Tierra en Madrid siempre imponía respeto, pero aquella mañana de otoño la tensión se respiraba en cada rincón de sus majestuosos pasillos de mármol crema. Sara, una joven oficial de poco más de treinta años, caminaba apresurada con una pila de informes confidenciales bajo el brazo. Su uniforme verde oliva estaba impecable, y su cabello rubio fresa se mantenía firmemente recogido en un moño reglamentario. Sin embargo, los nervios le jugaron una mala pasada al doblar la esquina de las colosales columnas del vestíbulo principal.
Sin tiempo para reaccionar, Sara colisionó de frente con un grupo de oficiales de alto rango que avanzaban en dirección contraria. El impacto esparció los documentos por el suelo brillante y, con un tintineo metálico que resonó en la solemnidad del lugar, una vieja moneda de plata rodó hasta detenerse junto a unas botas de campaña.

—Lo siento, señor, yo no... —balbuceó Sara, arrodillándose apresuradamente para recoger los papeles, sintiendo cómo el rubor cubría sus mejillas.
—¿Eh, estás ciega? ¡Mira por dónde caminas, oficial! —le espetó con dureza el Capitán Juan, un oficial arrogante que lideraba la comitiva.
Antes de que la reprimenda continuara, una figura imponente y condecorada dio un paso al frente. Era el General Ortega, un veterano de mirada estricta pero cansada. Con un simple gesto de la mano, silenció a Juan. El General se agachó con parsimonia y recogió la reliquia de plata. Al observar detenidamente las iniciales grabadas en el metal, su rostro palideció por completo y sus ojos se empañaron de lágrimas.
—¿De dónde has sacado esto? —preguntó Ortega, con una voz que temblaba por una emoción contenida durante décadas.
—Era de mi padre, señor —respondió Sara, conteniendo el llanto ante la inusual reacción de su superior.
El General dio un paso hacia ella, olvidando el protocolo y la presencia de los demás oficiales.
—Soy yo, Ortega. Tu padre —susurró el hombre más poderoso del cuartel, dejando a Sara sin aliento.
”Tu padre —susurró el hombre más poderoso del cuartel, dejando a Sara sin aliento.