Me encerraron por un crimen que no cometí, pero la prisión no pudo doblegarme
El patio de la humillación
El sol de justicia caía sin piedad sobre el patio de cemento del centro penitenciario. Para Sara, cada rincón de aquel lugar olía a polvo, sudor y desesperación. Hacía apenas tres semanas que había sido condenada por un delito fiscal que jamás cometió, víctima de la traición de su socia Elena. En la prisión, la debilidad se pagaba cara, y Sara lo supo en cuanto vio aproximarse a Roxanne, la reclusa que controlaba el módulo con mano de hierro.
Sin mediar palabra, mientras Sara caminaba cerca de la valla metálica, Roxanne estiró la pierna con brutalidad. El impacto fue seco. Sara se estrelló con violencia contra el suelo, raspándose las palmas de las manos y las rodillas contra el áspero cemento. Las risas de las demás reclusas resonaron como un eco hostil en el recinto. A pocos metros, el oficial Molina, encargado de la vigilancia, contempló la escena con una sonrisa burlona antes de gritar sin ganas:

—¡Ya basta! Circulen, aquí no hay nada que ver.
Pero Sara no era de las que se quedaban en el suelo. Sintiendo el ardor de la humillación y de la injusticia, se apoyó en un banco de madera y se puso en pie. Limpió la suciedad de su ropa de deporte y, con una determinación de acero en la mirada, caminó directamente hacia su agresora. Roxanne, sorprendida por su audacia, lanzó un puñetazo salvaje directo a su rostro. Sin embargo, Sara esquivó el golpe con una agilidad asombrosa, agachándose en el último segundo.
Antes de que Roxanne pudiera reaccionar, Sara contraatacó con una combinación fulminante de golpes en las costillas y un directo a la mandíbula que dejó a la gigante tambaleándose. Sin mirar atrás, Sara se alejó con paso firme, dejando claro que no se dejaría pisotear por nadie.
”Sin mirar atrás, Sara se alejó con paso firme, dejando claro que no se dejaría pisotear por nadie.