El secreto bajo la nieve que casi destruye a mi hermano menor
El invierno en la ciudad se había vuelto implacable, cubriendo las calles con una capa gruesa de aguanieve y transformando los callejones de ladrillo rojo en trampas resbaladizas. Clara corría sin aliento, con su cazadora acolchada de color amarillo destacando como un faro de desesperación en medio de la penumbra grisácea del atardecer. Su corazón latía con fuerza desbocada, impulsado por un único objetivo: encontrar a su hermano menor, Tobías, antes de que lo hicieran aquellos que lo perseguían.
De repente, al doblar una esquina helada, sus botas perdieron tracción sobre el pavimento resbaladizo. Clara cayó con violencia, deslizándose por el suelo húmedo justo cuando una furgoneta de reparto blanca frenaba bruscamente, haciendo chirriar los neumáticos sobre el hielo. El conductor, con el rostro desencajado por el susto, bajó la ventanilla rápidamente y gritó con fuerza:

—¡Eh! ¡No! ¡Cuidado!—
Pero Clara apenas registró el peligro. Sus ojos estaban fijos en el callejón contiguo, donde una silueta robusta y temible avanzaba con determinación. Era Silas, su tío político, un hombre frío y calculador que vestía su habitual chaqueta de trabajo gris y un gorro de lana oscuro. Detrás de él, un grupo de hombres corpulentos se desplegaba de manera coordinada, cerrando cualquier posible salida.
Al final de ese callejón de ladrillo visto, Tobías, que apenas tenía dieciséis años, se encontraba completamente acorralado contra la pared. Vestía la chaqueta deportiva roja de su instituto, que ahora parecía una diana en medio de la nieve. El joven temblaba incontrolablemente, con la espalda pegada a la piedra fría y las manos alzadas en un gesto inútil de defensa.
—No, no... por favor— susurró Tobías, con la voz quebrada por el pánico absoluto.
Uno de los hombres de Silas señaló hacia el rincón oscuro con una sonrisa triumfal.
—Está aquí, jefe. Lo tenemos acorralado— exclamó con saña.
Silas no se detuvo. Con una frialdad que helaba la sangre, levantó la mano y dio la orden definitiva a sus secuaces:
—Seguid avanzando. No dejéis que escape esta vez—
Clara, arrastrándose sobre la nieve, contempló con horror cómo el círculo se cerraba sobre su hermano pequeño, decidida a hacer lo que fuera necesario para salvarlo.
”No dejéis que escape esta vez—Clara, arrastrándose sobre la nieve, contempló con horror cómo el círculo se cerraba sobre su hermano peque…