Protegí a una anciana en prisión sin saber que ella controlaba mi destino final
El precio de la dignidad
El aire en el almacén de suministros de la prisión provincial de mujeres era espeso, impregnado del olor penetrante a lejía y desinfectante industrial. Sara, con el rostro aún marcado por los hematomas de su tumultuoso ingreso, empujaba con desgano el gastado carro de limpieza. El chándal gris que vestía, idéntico al de cientos de reclusas, parecía engullir su delgada figura. No llevaba más de dos semanas en aquel infierno de hormigón y rejas, pero ya había aprendido que el silencio era la única armadura posible. O al menos eso creía hasta que la puerta metálica se cerró de golpe tras de ella.
Begoña, una mujer de anchas espaldas y cabeza rapada cuyo nombre infundía pánico en las galerías, lideraba el grupo que acababa de arrinconarla. Sin mediar palabra, Begoña avanzó con paso firme y sujetó a Sara del cabello, tirando de él hacia atrás con una fuerza brutal que le arrancó un gemido de dolor. La obligó a hincar las rodillas sobre el suelo de cemento húmedo.

—Mira arriba —ordenó Begoña, con una sonrisa cruel tallada en el rostro—. Mirad cuánto vale la nueva. ¿Esto es lo que nos envían ahora?
Las reclusas que la acompañaban observaban la escena con una mezcla de diversión y apatía, acostumbradas a la implacable ley del más fuerte. Sara cerró los ojos, esperando el primer golpe. Sin embargo, una figura delgada y de paso pausado se interpuso entre la agresora y su víctima. Era Marta, una de las presas más veteranas del módulo, con su característico moño desordenado y una mirada que destilaba una extraña serenidad.
—Basta, Begoña —dijo Marta con voz firme y calmada—. Deja a la chica en paz. Ya ha tenido suficiente.
Begoña soltó una carcajada seca, llena de desprecio, y con un movimiento rápido y violento empujó a Marta hacia atrás. La anciana perdió el equilibrio y cayó pesadamente al suelo. Al ver a la mujer que la había defendido tirada en el suelo, algo se rompió dentro de Sara. El miedo se disipó, reemplazado por una furia fría y descontrolada. Se puso en pie de un salto, con los puños cerrados y la mirada fija en su torturadora.
”Se puso en pie de un salto, con los puños cerrados y la mirada fija en su torturadora.