El último deseo de mi madre desató la codicia de mi esposo
La última reliquia
La penumbra del gran comedor de caoba parecía devorar la escasa luz que filtraba la lámpara de cristal. Elena permanecía inmóvil junto a la mesa de mármol negro, donde los reflejos de las copas vacías semejaban lágrimas congeladas. Su blusa de seda oscura se ceñía a su cuerpo tembloroso mientras sus manos, pálidas y crispadas, se aferraban a su pecho. Sentía el frío metálico de la fina cadena de oro en su cuello, pero nada comparado con el hielo que se había instalado en su alma.
Frente a ella, sobre el aparador, reposaba el estuche del violín de su difunta madre, el único lazo físico que le quedaba de su infancia y de la mujer que la había criado con tanto amor. Alejandro acababa de entrar a la habitación. Su traje gris impecable y su postura rígida delataban que no venía a ofrecer consuelo, sino a ejecutar una sentencia. Sus ojos, antes cálidos, ahora solo reflejaban una fría determinación financiera.

—Es la única salida, Elena —dijo él, con una voz desprovista de toda empatía—. El tasador está afuera. Ese instrumento puede salvarnos del desastre.
Una risa amarga, casi teatral, brotó de los labios de Elena. Era una risa nacida de la incredulidad y del desgarro absoluto. Inclinó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza, intentando bloquear la realidad de que su esposo estaba dispuesto a vender su tesoro más preciado para cubrir sus propias deudas de juego y malas inversiones.
Cuando volvió a mirarlo, sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas. Se acercó un paso, apretando la seda sobre su corazón palpitante. Su voz, un susurro quebrado por la desesperación, llenó el opresivo silencio de la sala:
Por favor. Es lo único que tengo.
Alejandro se quedó paralizado por un segundo, con la boca ligeramente abierta, sorprendido por la intensidad de su ruego. Sin embargo, la codicia y el orgullo de un hombre acorralado por sus propios errores no tardaron en enterrar cualquier atisbo de compasión en su mirada.
”Sin embargo, la codicia y el orgullo de un hombre acorralado por sus propios errores no tardaron en enterrar cualquier atisbo de compasió…