Una reclusa humillada desata una venganza que cambiará el destino de la prisión
El arte bajo la tormenta
El patio de la prisión de mujeres de Soto del Real siempre olía a una mezcla asfixiante de humedad, cemento viejo y desesperación. Aquella tarde, el cielo plomizo amenazaba con descargar una tormenta que todos en el penal presentían en el ambiente. Ajena al bullicio de las demás reclusas que deambulaban sin rumbo fijo, Claudia se mantenía erguida frente a su caballete de madera, colocado a pocos metros de la imponente valla de espino que limitaba su libertad. Con un pincel gastado pero firme, la joven de cabello rubio platino intentaba capturar la luz mortecina en un lienzo que representaba su único escape de aquella pesadilla.
De repente, la pesada silueta de Berta interrumpió la paz del rincón. Ataviada con su característico uniforme de limpieza de color gris oscuro, Berta avanzaba con una sonrisa cargada de malicia, sosteniendo una lata metálica llena de pintura verde industrial. Sin que mediara provocación alguna, se plantó detrás de Claudia y, con un movimiento rápido, vació el contenido directamente sobre la cabeza de la pintora.

—Ahora estás mejor —siseó Berta, disfrutando de la humillación ajena.
La pintura verde comenzó a deslizarse de inmediato por el cabello platino de Claudia, arruinando su ropa deportiva y manchando el lienzo que tanto esfuerzo le había costado. La joven se quedó inmóvil, con la mirada perdida y las lágrimas brotando de sus ojos, incapaz de reaccionar ante la brutalidad del ataque.
Fue en ese instante cuando Juana intervino. Con el cabello negro recogido y vestida con ropa deportiva sencilla, Juana se interpuso entre ambas. Con un movimiento rápido y certero, golpeó la lata de pintura, arrebatándosela a Berta y haciéndola rodar por la tierra batida del patio.
—Basta —declaró Juana, con una voz gélida que congeló el ambiente.
Berta, enfurecida por la intromisión, dio un paso al frente mostrando sus dientes en una mueca salvaje.
—¿Quieres ocupar su lugar? —amenazó antes de lanzarse con rabia contra Juana.
Pero Juana no era una víctima fácil. Con una agilidad asombrosa, esquivó la embestida y respondió con una combinación rápida de puñetazos precisos que enviaron a Berta directamente al suelo, derrotada y dolorida. Sin perder la compostura, Juana miró a la temblorosa Claudia y le ordenó secamente que fuera a limpiarse.
”Sin perder la compostura, Juana miró a la temblorosa Claudia y le ordenó secamente que fuera a limpiarse.