Defendí a una anciana en prisión y descubrí el secreto de mi peor enemiga
El frío del patio de hormigón
El patio de la prisión provincial siempre olía a humedad, cemento viejo y desesperación. Aquella mañana de octubre, las nubes grises cubrían el cielo como una losa pesada, amenazando con una tormenta inminente. Elena, vestida con el desgastado chándal deportivo gris que compartían las reclusas comunes, sostenía una manguera industrial de alta presión. Su tarea consistía en limpiar el lodo acumulado en las esquinas del recinto, un trabajo monótono que al menos le permitía mantener la mente ocupada y lejos de los recuerdos de su vida anterior.
Elena intentaba pasar desapercibida, pero en un lugar como aquel, la debilidad se olía a kilómetros. De repente, la manguera fue arrancada de sus manos con una fuerza brutal. El tirón la hizo perder el equilibrio, cayendo de rodillas sobre el cemento mojado y raspándose las palmas de las manos. Al levantar la cabeza, se topó con la imponente figura de Begoña.

He oído que fuera también eras muy importante. Qué curioso: aquí solo pareces una conejita asustada que ha perdido a su grupo.
Begoña, una mujer de hombros anchos, cabello rubio mal teñido y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, la miraba con absoluto desprecio. Las reclusas que la rodeaban comenzaron a murmurar, esperando el espectáculo. Elena sintió que el pánico le oprimía el pecho. No sabía cómo defenderse en un entorno tan hostil.
Fue entonces cuando intervino Clara. Clara era una mujer menuda, de cabello plateado y mirada cansada, que llevaba más de una década entre aquellos muros. Con una valentía inesperada, la anciana dio un paso al frente y sujetó la muñeca de Begoña, intentando frenar la agresión.
Déjalo. Déjala en paz, Begoña. No te ha hecho nada.
La respuesta de la matona fue inmediata y despiadada. Sin parpadear, giró la boquilla de la manguera y roció a Clara directamente en el rostro con el chorro de agua a presión. La fuerza del impacto derribó a la anciana, que cayó pesadamente sobre el suelo encharcado.
No es asunto tuyo, vieja estúpida.
Al ver a Clara temblando en el suelo, algo se rompió dentro de Elena. El miedo que la había paralizado durante meses se transformó instintáneamente en una furia ciega y ardiente. Apoyando las manos en el cemento frío, comenzó a levantarse, con los ojos inyectados en sangre y una determinación inquebrantable.
”Apoyando las manos en el cemento frío, comenzó a levantarse, con los ojos inyectados en sangre y una determinación inquebrantable.