Defendí a mi única amiga en prisión sin saber la oscura traición que ocultaba
Tensión en el patio de recreo
El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de la prisión de mujeres de Cruz del Sur, un páramo de tierra seca rodeado por imponentes vallas con concertinas que cortaban el cielo azul. El ambiente estaba cargado de una calma tensa, esa que precede a las peores tormentas. Sara, una reclusa de cabello rubio sucio vestida con el uniforme deportivo gris de la institución, se agachó inocentemente para atarse los cordones de sus gastadas zapatillas. No vio venir el peligro.
Begoña, una mujer imponente, alta y de espaldas anchas que sostenía un balón de voleibol bajo el brazo, avanzó con paso firme. Con un movimiento rápido y malintencionado, metió el pie, haciendo que Sara tropezara y cayera de bruces contra la tierra. Las risas burlonas de Begoña resonaron en el patio.

—El poste ha dado justo donde debía, ¿verdad? —dijo Begoña con desprecio, buscando la complicidad del resto de las presas.
Fue entonces cuando Carla, otra de las aliadas de Begoña, se interpuso en el camino de Juana, una mujer de mirada felina y brazos cubiertos de tatuajes que observaba la escena con indignación. Carla, buscando provocar un conflicto mayor, encaró a Juana con una mueca de asco.
—Te gusta jugar sucio, ¿verdad? —siseó Carla, antes de lanzarse hacia adelante y gritar—: ¡Tírala al suelo!
Pero Juana no era una presa común. Con reflejos de acero, esquivó la embestida de Carla con un quiebro perfecto. Casi al mismo tiempo, Begoña soltó el balón y arremetió con todo su peso. Juana leyó el movimiento al instante: bloqueó el impacto, clavó un rodillazo certero en el abdomen de la gigante y remató con un directo de derecha que envió a Begoña directamente al polvo. En cuestión de segundos, el patio quedó en absoluto silencio, con Juana de pie, victoriosa y desafiante sobre sus atacantes.
”En cuestión de segundos, el patio quedó en absoluto silencio, con Juana de pie, victoriosa y desafiante sobre sus atacantes.