Defendí a una inocente en el patio de prisión sin saber quién era realmente
El sol del mediodía caía sin piedad sobre el patio de cemento de la prisión de Cruz del Sur, un rincón olvidado donde la esperanza parecía evaporarse con el calor. Sara, una reclusa de complexión fuerte y mirada decidida, se encontraba cerca de la cancha de baloncesto de cemento, observando la rutina monótona de sus compañeras. El ambiente estaba cargado de tensión, una calma tensa que siempre precedía a la tormenta en aquel lugar rodeado de alambre de espino.
Fue entonces cuando vio entrar a Claudia. Menuda, pálida y visiblemente aterrorizada, la joven caminaba con torpeza, desorientada en un entorno tan hostil. No tardó en llamar la atención de Begoña, una de las reclusas más peligrosas y temidas del módulo, conocida por su crueldad y su afán de dominación. Con paso deliberado y una sonrisa burlona, Begoña se desvió de su trayectoria para cruzarse en el camino de la recién llegada.

Una confrontación bajo el sol abrasador
El impacto fue brutal. Begoña cargó el hombro con fuerza, empujando a Claudia de tal manera que la joven voló antes de caer con violencia sobre el áspero cemento del patio. Un gemido de dolor escapó de sus labios mientras sus rodillas comenzaban a sangrar. Begoña, erigiéndose sobre ella como un gigante triunfante, soltó una carcajada fría.
Mira por dónde vas la próxima vez.
La mayoría de las presas desviaron la mirada, temerosas de las repercusiones. Pero Sara no pudo contenerse. Dando un paso al frente, se interpuso firmemente entre la agresora y la víctima.
No se cruzó en tu camino. Lo hiciste a propósito.
La mirada de Sara era un desafío directo, una declaración de guerra que congeló la sonrisa en el rostro de Begoña. La tensión alcanzó su punto máximo, atrayendo la atención de los guardias y obligando a Begoña a retirarse con una promesa de venganza grabada en los ojos.
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