La presa más peligrosa arriesgó su vida por salvar a una joven inocente
El patio de los secretos
El patio de la prisión de Cruz del Sur parecía congelado bajo un cielo de nubes plomizas que amenazaban con descargar una tormenta helada. Para Claudia, cada rincón de ese lugar de hormigón descolorido respiraba hostilidad. Llevaba apenas tres días recluida, acusada injustamente de un delito financiero que su hermano había cometido, y ya sentía que las paredes se cerraban sobre ella. El frío se filtraba por su uniforme deportivo gris, pero el verdadero hielo corría por sus venas cuando vio que Sara, la líder indiscutible de las reclusas del pabellón B, le cerraba el paso.
Sara, con su cabello rubio platino perfectamente peinado a pesar del viento y una sonrisa despiadada que helaba la sangre, la acorraló contra el muro de concreto áspero. Sus secuaces se colocaron a los lados, bloqueando cualquier vía de escape.

—No cruzas mi patio sin pagar el peaje —siseó Sara, acortando la distancia física para intimidar a la joven.
Claudia, temblando visiblemente y con los ojos muy abiertos por el pánico, apenas pudo articular palabra. Su voz sonó como un hilo frágil en medio del viento del patio.
—Ni siquiera sé qué significa eso —tartamudeó, intentando inútilmente pegarse más a la pared.
La provocación estaba servida. Sara levantó la mano para golpearla, pero antes de que pudiera tocarla, una figura imponente se interpuso entre ambas. Era Blanco, una reclusa de mirada felina, con el lateral de la cabeza rapado y una reputación que hacía temblar a las reclusas más experimentadas.
—Esto no es asunto tuyo, Blanco —ladró Sara, apretando los dientes al ver interrumpido su abuso.
—Entonces haz que lo sea —desafió Blanco, levantando los puños con una calma escalofriante.
La tensión estalló en un segundo. Una de las aliadas de Sara se abalanzó sobre Blanco con un golpe directo, pero Blanco, con reflejos felinos, esquivó el impacto y propinó un golpe certero en la mandíbula de su agresora, derribándola al instante. Mientras el patio observaba en un silencio sepulcral, Blanco tomó a Claudia del brazo y la guio lejos de la zona de peligro, murmurando un consejo vital:
—Pégate a la pared cuando pasen las funcionarias. Siempre.
”Mientras el patio observaba en un silencio sepulcral, Blanco tomó a Claudia del brazo y la guio lejos de la zona de peligro, murmurando u…