Encontré al hijo de mi jefe oculto en la pared y su madrastra sonreía
El susurro detrás del muro
El silencio de la imponente mansión de la familia Silva siempre me había parecido un tanto sepulcral, pero aquella tarde de otoño, el ambiente se sentía especialmente denso. Mi nombre es Isabel, y como empleada de limpieza, mi deber era pasar desapercibida mientras dejaba relucientes los interminables pasillos de madera noble. Sin embargo, mientras sacudía el marco de un antiguo óleo cerca del ala oeste, un sonido casi imperceptible interrumpió mi rutina. Era un quejido ahogado, seguido de un débil sollozo que parecía brotar de las profundidades de la estructura.
Dejé de lado mis utensilios y me guié por el sonido hasta llegar a un rincón oscuro del pasillo principal, cerca del suelo, donde una gran rejilla de ventilación gris cortaba la blancura de la pared. Al arrodillarme, el corazón me dio un vuelco. Detrás del metal, en un espacio confinado y sumido en la penumbra, se encontraba Mateo, el hijo de nueve años de mi patrón.

—Por favor, ayúdame. No puedo salir —susurró el pequeño, temblando de frío y aferrando una botella plástica de agua vacía contra su pecho.
—Sigue hablando, mi amor. Te voy a sacar de aquí ahora mismo —le respondí, intentando mantener la calma para no asustarlo más. Con las manos temblorosas cubiertas por mis guantes turquesa, tomé una herramienta metálica de mi carro y comencé a hacer palanca en los bordes de la rejilla. El metal crujió con un chirrido ensordecedor que pareció eco en todo el pasillo.
Finalmente, desprendí la cubierta de hierro y estiré mis brazos hacia la oscuridad. Mateo se arrastró hacia mí, sollozando sin control. Lo saqué con cuidado y lo estreché contra mi pecho, sintiendo sus pequeños brazos rodear mi cuello con una desesperación desgarradora. Fue en ese instante de alivio cuando unos pasos firmes resonaron a nuestras espaldas. Al girarme, vi a Valeria, la elegante madrastra de Mateo, vestida con un opulento vestido de satén color champán, sosteniendo una pequeña llave dorada con una sonrisa gélida. Detrás de ella, Alejandro, su padre, contemplaba la escena con el rostro desencajado por el horror.
”Detrás de ella, Alejandro, su padre, contemplaba la escena con el rostro desencajado por el horror.