La reclusa humillada en el patio revela su verdadera identidad y ejecuta su plan
El infierno bajo el sol de Cruz del Sur
El aire en el patio de la prisión de Cruz del Sur era denso, cargado de polvo y del olor metálico del miedo. Para Irene, cada minuto en aquel lugar era una tortura psicológica. Ella, que alguna vez había vestido trajes sastre de alta costura y defendido la justicia en los tribunales más prestigiosos de España, ahora se encontraba de rodillas, con las manos agrietadas por el trabajo forzado. El sol abrasador del mediodía caía implacable sobre su espalda mientras paleaba grava pesada bajo la mirada indiferente de los custodios.
De repente, el mundo se volvió del revés. Un empujón seco y brutal la proyectó hacia adelante, haciéndola morder el polvo. Irene cayó de bruces sobre el montón de piedras afiladas. El dolor fue agudo e inmediato; sintió cómo la grava le rasgaba la piel de la mejilla y el sabor ferroso de la sangre inundaba su boca. Antes de que pudiera recuperar el aliento, una bota pesada se plantó firmemente sobre su espalda, hundiéndola aún más en la tierra.

Sobre ella se alzaba Tania, la reclusa más temida del pabellón, una mujer de complexión imponente y mirada gélida. Sus secuaces estallaron en risas burlonas, formando un círculo que impedía cualquier intento de auxilio. Tania se agachó lentamente, sujetando a Irene por el cabello oscuro con una fuerza brutal para obligarla a levantar la cabeza.
—He oído que fuera eras alguien importante —susurró Tania con una sonrisa sádica, disfrutando de la humillación pública de la abogada—. Aquí pareces una conejita asustada.
Tania la soltó con desprecio, dejándola caer de nuevo sobre las piedras. Sin embargo, en lugar de romper a llorar, Irene se incorporó despacio. Se limpió la sangre de la cara con el dorso de la mano polvorienta y clavó sus ojos oscuros en los de su agresora. No había miedo en su mirada, sino una promesa silenciosa de justicia. Aquella humillación no sería su fin, sino el combustible para su resurgimiento.
”Aquella humillación no sería su fin, sino el combustible para su resurgimiento.