La verdad tras las rejas: El plan de mi propia hermana para destruirme
La ley del más fuerte
El sol del mediodía caía como un castigo de fuego sobre el patio de la prisión de alta seguridad. El polvo flotaba en el aire estancado, mezclándose con el olor a óxido de las vallas metálicas que nos separaban del resto del mundo. Para mí, Sara, ese patio no era un lugar de recreo, sino un templo de supervivencia. Llevaba dos años encerrada por un delito financiero que jamás cometí, y mi única forma de mantener la cordura era el dolor físico del entrenamiento diario.
Me descolgué de la barra de dominadas con las manos en carne viva y el pecho agitado por el esfuerzo. En ese instante, la sombra de Begoña se proyectó sobre el suelo polvoriento. Con su complexión robusta y su cabello negro rapado, era el brazo ejecutor de las peores mafias de la cárcel. No venía a hablar de forma amistosa.

¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! ¡Dale una paliza!
El grito de una de las reclusas rompió el silencio tenso del patio, encendiendo la chispa del conflicto. Begoña sonrió, una mueca carente de cualquier rastro de humanidad. Apretó los puños, dio un paso al frente y rugió:
¡Vamos!
Lanzó un puñetazo directo a mi mandíbula con una fuerza brutal. Pero la rabia acumulada durante meses de injusticia me había vuelto más rápida. Esquivé el impacto con un movimiento instintivo del torso, bloqueando su antebrazo con el mío. Aprovechando su inercia, le asesté una patada baja que la desestabilizó. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, la sujeté por la nuca y descargué un rodillazo demoledor en su plexo solar. Begoña se desplomó sobre la tierra, jadeando y sin aliento. Me quedé de pie sobre ella, contemplando su derrota, antes de darme la vuelta bajo la mirada atónita de los guardias.
”Me quedé de pie sobre ella, contemplando su derrota, antes de darme la vuelta bajo la mirada atónita de los guardias.