Traición · Historia

El hombre que amaba me tendió una trampa mortal para quitarme a mi hija

El hombre que amaba me tendió una trampa mortal para quitarme a mi hija — Parte 1
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La lluvia de Galicia caía incesante, transformando el suelo del viejo desguace en un lodazal de óxido y olvido. Oculta entre las sombras de los vehículos desguazados, Clara contenía la respiración. Sentía el latido ensordecedor de su propio corazón en las sienes, justo donde un hilo de sangre fresca se mezclaba con el agua fría que resbalaba por su frente. Con su mano izquierda, presionaba con delicada firmeza la boca de su pequeña hija Mara. La niña, envuelta en su chubasquero naranja brillante, temblaba como una hoja, con los ojos muy abiertos por el terror absoluto.

Atrapadas en la oscuridad

A pocos metros de distancia, los haces de luz de dos potentes linternas cortaban la penumbra como cuchillas resplandecientes. El reflejo azul de las luces de la patrulla policial pintaba las siluetas de los coches destrozados con un tono fantasmal. Eran agentes de la ley, pero Clara sabía perfectamente que no venían a protegerlas. Venían bajo las órdenes de Mateo, su poderoso y despiadado esposo, dispuesto a todo con tal de recuperar a su hija y enterrar las pruebas de sus oscuros negocios.

El hombre que amaba me tendió una trampa mortal para quitarme a mi hija

Uno de los policías, con la voz ronca por la tensión, rompió el silencio de la noche:

—Tenemos que encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

Clara se encogió aún más detrás del guardabarros oxidado de un camión granate. La chapa húmeda y fría traspasaba su ropa, pero el frío físico no era nada comparado con el pavor que sentía al ver cómo las luces de búsqueda se aproximaban inexorablemente a su posición. Sabía que si las encontraban allí, en mitad de la nada, su versión de la historia jamás sería escuchada. El haz de luz barrió la zona, deteniéndose apenas a unos centímetros de sus ojos desorbitados. En ese instante de suspensión eterna, el más mínimo suspiro de Mara podría sellar su destino para siempre.

En ese instante de suspensión eterna, el más mínimo suspiro de Mara podría sellar su destino para siempre.