La protegí de las presas más peligrosas sin saber quién era realmente
El patio de la prisión provincial de San Martín era un desierto de hormigón gris bajo un cielo que amenazaba tormenta. El viento frío del norte levantaba remolinos de polvo, pero lo que realmente helaba la sangre aquella tarde era el silencio cómplice de las internas. En una esquina, junto a los lavaderos de metal galvanizado, un grupo de presas rodeaba a Lidia, una joven pelirroja que apenas llevaba dos semanas entre aquellos muros de hormigón. Su rostro reflejaba el terror más absoluto mientras Begoña, la reclusa más violenta del módulo, la sujetaba del cabello, hundiéndole la cabeza una y otra vez en el agua helada de un bidón.
A unos metros de distancia, Sara barría el suelo con desgana. Tenía los brazos tatuados y una cicatriz que le cruzaba el cuello, marcas de una vida de supervivencia. Intentaba no mirar, recordándose a sí misma que en la cárcel la neutralidad era el único pasaporte para salir viva. Sin embargo, los ahogamientos de Lidia y sus súplicas desesperadas despertaron en Sara un instinto que creía enterrado. Al ver a la joven jadear, buscando un aire que le era negado, Sara soltó la escoba con un golpe seco.

Su mano derecha buscó instintivamente un pesado bloque de madera que servía para calzar uno de los bancos del patio. Lo empuñó con fuerza, sintiendo la aspereza de la astilla contra su palma. Corrió con pasos rápidos y silenciosos sobre el suelo húmedo. Antes de que Begoña pudiera reaccionar, Sara saltó sobre ella con la agilidad de un felino, derribándola al suelo.
—¡Suéltala, zorra! —gritó Sara con una voz que resonó en todo el patio.
Begoña, sorprendida y con el rostro manchado de barro, se levantó rápidamente, enseñando los dientes con una furia animal.
—¡Estás muerta, novata! —rugió la enorme mujer, lanzando un puñetazo directo al rostro de Sara.
Pero Sara esquivó el golpe con maestría. Con dos movimientos rápidos y precisos, conectó un gancho en el estómago de Begoña, seguido de un violento derribo que mandó a la gigante contra las baldosas mojadas, dejándola inconsciente. Sin perder un segundo, Sara se arrodilló al lado de Lidia, que tiritaba y tosía espasmódicamente.
—Ya te tengo. ¿Estás bien? —le susurré con ternura, cubriéndola con su propia chaqueta de chándal.
”—le susurré con ternura, cubriéndola con su propia chaqueta de chándal.