Defendió a una anciana en prisión sin imaginar la verdad que ocultaba su pasado
El altercado en el patio
El sol de justicia de la tarde caía plomizo sobre el patio de la prisión, calentando el asfalto agrietado hasta hacerlo casi insoportable. En ese rincón de olvido, Sara, una joven reclusa de aspecto frágil, caminaba apresurada con unas botellas de agua entre los brazos. De repente, una pierna se interpuso en su camino de forma deliberada. Era Jésica, una reclusa conflictiva conocida por su temperamento despiadado, quien sonreía con malicia tras hacer tropezar a la recién llegada.
Las botellas rodaron por el suelo polvoriento mientras Sara intentaba desesperadamente recogerlas, temblando bajo la mirada burlona de las demás. Nadie movía un dedo; la ley del patio dictaba que intervenir era sinónimo de buscarse una condena peor. Sin embargo, sentada en un bloque de hormigón cercano, Begoña, una entrañable anciana de cabello plateado que se había ganado el respeto silencioso de muchas presas, no pudo soportar la injusticia.

«¡Eh, deja a la chica en paz!»
La voz firme de la anciana cortó el aire denso del patio. Jésica, enfurecida por el desafío, se giró hacia ella con los ojos encendidos de rabia. Sin mediar palabra, tomó una gran jarra de agua y la vació sobre la cabeza de Begoña, empujándola después con tal brutalidad que la anciana cayó de espaldas contra la tierra del patio.
«¡La vieja debería estar en su celda!»
El pánico se apoderó del lugar. Mientras Jésica se abalanzaba sobre Begoña para sujetarla del cuello, una reclusa corrió despavorida hacia las canchas en busca de Estela, una mujer alta y decidida que no temía a nadie. «¡Estela! ¡Están pegando a la abuela!», gritó sin aliento. Estela, con paso firme y la mandíbula apretada, cruzó el patio abriéndose paso entre la multitud hasta quedar frente a la agresora.
«Suéltala.»
La orden resonó con una frialdad que heló la sangre de los presentes, marcando el inicio de una confrontación que cambiaría el destino de ambas mujeres para siempre.
”Estela, con paso firme y la mandíbula apretada, cruzó el patio abriéndose paso entre la multitud hasta quedar frente a la agresora.«Suélt…