La verdad oculta tras la silla de ruedas de mi único gran amor
El reencuentro en el salón de cristal
El opulento salón de la mansión de los Aldama brillaba bajo la luz de una majestuosa lámpara de cristal. Los invitados, vestidos con sus mejores galas, conversaban en susurros mientras la alta sociedad de Madrid celebraba otra de sus exclusivas veladas. Pero la armonía se rompió en un instante cuando las pesadas puertas de madera se abrieron de par en par. Lucía, una joven de veinte años con rizos castaños y un sencillo pero elegante vestido color crema, entró al salón con paso firme y la mirada cargada de una determinación inquebrantable.
Los murmullos cesaron de inmediato. Lucía no pertenecía a ese mundo de apariencias, y su presencia era un desafío directo. Sin apartar los ojos de su objetivo, avanzó hacia el centro de la pista, donde se encontraba la mujer que había destruido su felicidad. «He venido a por él», pronunció Lucía, con una voz que resonó en cada rincón del majestuoso espacio.

La imponente Victoria, una mujer de cuarenta y cinco años vestida con un impecable traje negro que reflejaba su severidad, detuvo la silla de ruedas de su hijo. Al ver a Lucía, sus ojos se llenaron de un desprecio gélido. A su lado, Leo, el joven que alguna vez había sido el centro del universo de Lucía, la miraba con una mezcla de asombro y dolor desde su silla.
«No deberías estar aquí», siseó Victoria, intentando ocultar su nerviosismo ante los invitados.
«No estaba pidiendo permiso», replicó Lucía, dando un paso más hacia ellos.Victoria, desesperada por mantener el control, detuvo la silla por completo y miró a su hijo con fingida compasión.
«Espera... No la conoces», le mintió descaradamente a Leo.Pero Lucía no estaba dispuesta a permitir más engaños. Se arrodillé frente a él, ignorando la mirada asesina de Victoria.
«Sí la conoce... Eres tú, Leo. Levántate», le ordenó en un susurro cargado de esperanza.
”Levántate», le ordenó en un susurro cargado de esperanza.