Un general irrumpe en el aula para defender a una huérfana de su cruel maestra
El aula de cuarto de primaria del Colegio San Ildefonso estaba sumida en un silencio tenso y asfixiante. Claudia, una niña de apenas nueve años de cabello castaño claro, apretaba contra su pecho un pequeño portarretratos de madera. En su interior se encontraba la fotografía de su padre, Mateo, un sargento del ejército español que había perdido la vida apenas tres meses atrás en una misión de paz en el extranjero. Las lágrimas resbalaban silenciosas por las mejillas de la pequeña, empapando el uniforme del colegio.
Doña Elena Ortega, la maestra del aula, observaba la escena con una frialdad que helaba la sangre. Vestida con su habitual chaqueta de punto gris, la mujer no toleraba el dolor ajeno, y mucho menos la debilidad. Consideraba que la niña utilizaba la tragedia de su padre para llamar la atención de sus compañeros y evadir sus responsabilidades escolares. Con paso lento y amenazante, se acercó al pupitre de Claudia.

—Te he dicho mil veces que no quiero esa maldita foto sobre la mesa, Claudia. La escuela no es un santuario para los caídos —siseó la maestra con desprecio.
La niña, asustada, abrazó el retrato con más fuerza. Fue entonces cuando la paciencia de Doña Elena se agotó por completo. En un arrebato de ira descontrolada, la maestra alzó su puño y lo descargó con una fuerza descomunal sobre el pupitre de madera. El golpe fue tan violento que la mesa se partió literalmente por la mitad, haciendo que el portarretratos saliera despedido por los aires y se estrellara contra el suelo, rompiendo el cristal en mil pedazos.
Antes de que la maestra pudiera celebrar su cruel victoria, la puerta del aula se abrió de par en par con un estrépito ensordecedor. La imponente figura del General Alejandro Vega, vestido con su uniforme de gala azul marino, irrumpió en el salón. Con el rostro desencajado por la furia tras haber presenciado la agresión desde la ventana, el general avanzó y, de un solo golpe defensivo, apartó a la maestra, enviándola directamente al suelo, para luego arrodillarse junto a la aterrorizada niña.”El golpe fue tan violento que la mesa se partió literalmente por la mitad, haciendo que el portarretratos saliera despedido por los aires…