Traición · Ficción breve

El secreto que cambió su matrimonio para siempre: la verdad oculta de Sebastián

El secreto que cambió su matrimonio para siempre: la verdad oculta de Sebastián — Parte 1
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El almuerzo que destapó la mentira

El ascensor se detuvo con un sonido suave, y Valeria respiró hondo mientras se alisaba el vestido. En su mano, una bolsa térmica con la comida favorita de Sebastián. Llevaba tres meses casada con él y aún le encantaba sorprenderlo.

Cuando las puertas se abrieron, se encontró con un pasillo de mármol brillante. El logo de la empresa «Salazar & Asociados» relucía en una placa dorada. Valeria frunció el ceño. Sebastián siempre le había dicho que trabajaba como gerente de proyectos, pero aquello parecía más importante.

El secreto que cambió su matrimonio para siempre: la verdad oculta de Sebastián

Avanzó por el pasillo hasta encontrar su despacho. La puerta estaba entreabierta, y a través del cristal lo vio: Sebastián, sentado en una silla ejecutiva de cuero negro, con las manos sobre la mesa y la mirada perdida.

— ¿Sebastián? —llamó ella, empujando la puerta con una sonrisa.

Su sonrisa se congeló cuando él levantó la vista. No había alegría en sus ojos, sino un destello de pánico que Valeria no supo interpretar.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó él, poniéndose de pie con brusquedad—. Este no es lugar para venir así, debiste avisar.

Valeria dio un paso atrás, herida por el tono cortante.

— Vine a traerte el almuerzo, pensé que te gustaría verme —balbuceó, mostrando la bolsa como una ofrenda.

Sebastián no la miró. En cambio, sus ojos se desviaron hacia la puerta, y en ese momento una mujer con traje sastre entró en la oficina. Era la secretaria, con una sonrisa profesional que se transformó en una mueca de curiosidad al ver a Valeria.

— Señor Salazar, sí, ya podemos hablar de la empresa —dijo la mujer, ignorando por completo a Valeria.

Valeria parpadeó, confundida. «¿Señor Salazar?» El nombre resonó en su cabeza como una campana rota.

— ¿Por qué te está llamando Salazar? —preguntó, con la voz temblorosa.

Sebastián suspiró, frotándose la nuca con gesto cansado.

— Hay muchas cosas de mí que nunca te interesó conocer —respondió, y sus palabras cayeron como una losa.

La secretaria, que seguía en la puerta, se dirigió a Valeria con una sonrisa tensa.

— Señora Mendoza, necesitamos su decisión antes de mañana —dijo, y Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
— ¿Qué decisión? —preguntó, con la voz apenas un hilo.

La secretaria y Sebastián intercambiaron una mirada cargada de significado. Luego, ella respondió con una calma que heló la sangre de Valeria:

— Una que podría cambiar tu vida.

Valeria miró a Sebastián, buscando una explicación, pero él se había vuelto hacia la ventana, negándole incluso su perfil. La bolsa del almuerzo se le escapó de las manos y cayó al suelo con un golpe sordo. La comida se desparramó, pero nadie se agachó a recogerla.

— Sebastián, ¿qué está pasando? —insistió ella, con lágrimas que amenazaban con desbordarse.

— Nada que te importe —respondió él, sin volverse.

La secretaria se aclaró la garganta.

— Señora Mendoza, creo que sería mejor que hablara con nuestro departamento legal. Puedo concertar una cita para mañana a primera hora.

Valeria negó con la cabeza, sintiéndose mareada. Todo aquello era un error. El Sebastián que conocía era un hombre sencillo, que la despertaba con besos y le contaba sueños de una casa con jardín. No era un ejecutivo que la trataba como a una extraña.

— Valeria, vete —dijo Sebastián, con voz de hielo—. Esto no es lugar para ti.

Ella lo miró, buscando en sus ojos al hombre que amaba, pero solo encontró un extraño con traje caro y secretos a cuestas.

— Entonces tal vez ya no deba volver —susurró, y sus palabras flotaron en el aire como una amenaza.

Fuera del despacho, un colega que había estado escuchando detrás de la puerta sonrió con sorna.

— No entiendo cómo alguien como tú terminó con una mujer así —comentó, con una risa baja.

Sebastián no respondió, pero Valeria vio cómo su mandíbula se tensaba. Ella se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor, con el corazón hecho pedazos. Antes de que las puertas se cerraran, escuchó la voz del colega de nuevo:

— Las cosas antes eran diferentes —dijo Sebastián, como si hablara con él mismo.

Valeria apretó los puños y se giró, enfrentándolo una última vez.

— Sí, antes tú también eras diferente —respondió, y el ascensor se la tragó.

Dentro de la cabina, se dejó caer contra la pared, temblando. ¿Quién era realmente el hombre con el que se había casado? ¿Y qué decisión debía tomar antes de mañana?

El silencio del ascensor fue interrumpido por el zumbido de su teléfono. Un mensaje de un número desconocido: «Señora Mendoza, tenemos que hablar. Su esposo le ha ocultado algo que cambiará su vida. Estoy en la cafetería de la esquina.»

Valeria leyó el mensaje tres veces. El corazón le latía tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho. Con dedos temblorosos, marcó el número y llamó. Al otro lado, una voz femenina respondió:

— ¿Valeria? Soy Lucía, la asistente personal de Sebastián. Necesito que sepa la verdad antes de que sea demasiado tarde.

Y el mundo de Valeria, que ya se tambaleaba, se preparó para derrumbarse por completo.

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Necesito que sepa la verdad antes de que sea demasiado tarde.Y el mundo de Valeria, que ya se tambaleaba, se preparó para derrumbarse por…