Buscando chatarra encontré una caja misteriosa y el secreto más oscuro de mi prometido
El desguace de las afueras de Toledo siempre había sido un laberinto de metal oxidado y recuerdos olvidados, pero esa tarde de otoño el ambiente se sentía inusualmente pesado. Claudia, una joven de veinticuatro años con el cabello rubio ceniza revuelto y el rostro manchado de grasa, caminaba entre las imponentes pilas de chatarra. Llevaba puesta una sudadera gris desgastada que apenas la abrigaba del viento cortante. Su tarea era sencilla: encontrar un alternador compatible para un viejo modelo de coche, pero una extraña sensación de incomodidad la acompañaba a cada paso.
Un susurro entre el metal
De repente, un sonido sordo interrumpió el crujido de sus propios pasos sobre la grava. Claudia se detuvo en seco, conteniendo la respiración. El viento soplaba con fuerza, haciendo oscilar las chapas metálicas a su alrededor, pero aquello no había sido el viento. Era una vibración constante, casi humana.

—¿Quién es? —preguntó Claudia con la voz rota por la tensión, mirando hacia las sombras que proyectaban los viejos camiones abandonados.
Nadie respondió. El desguace parecía desierto, pero su instinto le decía lo contrario. Dio unos pasos hacia una zona apartada que su tío le había prohibido pisar esa semana. Allí, oculta tras una lona impermeable, descubrió una enorme caja de madera de pino, toscamente construida y fuertemente amarrada con gruesas cuerdas de cáñamo.
—¿Hay alguien ahí? —susurró, acercándose con cautela.
Se inclinó sobre la madera húmeda, apoyando su mano temblorosa sobre los nudos apretados. Fue entonces cuando escuchó un golpe seco y desesperado desde el interior de la estructura. ¡Pum! El impacto hizo vibrar la madera. Claudia retrocedió un paso, con los ojos abiertos de par en par por el pánico absoluto. No era mercancía lo que albergaba aquella caja. Había una persona atrapada dentro, luchando por su vida en el frío del desguace.
”Había una persona atrapada dentro, luchando por su vida en el frío del desguace.