Segundas oportunidades · Historia

Defender a una anciana en prisión desenterró el secreto más doloroso de mi pasado

Defender a una anciana en prisión desenterró el secreto más doloroso de mi pasado — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Sara defendió a la frágil Marta de una brutal agresión en el patio de la cárcel, no imaginaba que la anciana ocultaba la clave para demostrar su propia inocencia.

Un secreto entre rejas

Aquel acto de rebeldía le costó a Sara dos semanas de aislamiento en una celda oscura y gélida, alimentándose de rancho frío y silencio. Sin embargo, no se arrepentía de nada. Cuando finalmente le permitieron regresar al patio común, la luz del sol la cegó temporalmente. Buscando un rincón apartado de las cámaras de seguridad y de las guardias afines a Castro, Marta la abordó con una mezcla de urgencia y temor en sus ojos cansados.

La anciana tomó las manos de Sara entre las suyas, que temblaban de forma incontrolable. Lo que estaba a punto de confesarle cambiaría las reglas del juego para siempre.

Defender a una anciana en prisión desenterró el secreto más doloroso de mi pasado
«Sé perfectamente quién eres, Sara. Y sé que estás aquí de forma injusta porque mi propia hija fabricó las pruebas en tu contra», susurró Marta con la voz rota por la vergüenza.

Sara sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Marta era la madre de la fiscal Alicia Valenzuela, la mujer implacable que había destruido su vida para encubrir a un poderoso político local. Marta había descubierto la red de sobornos de su hija y, al negarse a ser cómplice de su silencio, Alicia no dudó en utilizar sus influencias para internar a su propia madre bajo cargos falsos de demencia y agresión.

La anciana reveló que guardaba un dossier con documentos originales y grabaciones que incriminaban directamente a la fiscal y que limpiarían el nombre de Sara de una vez por todas. Pero el tiempo jugaba en su contra. Alicia se había enterado de que su madre seguía intentando contactar con el exterior y había dado la orden de silenciarlas a ambas definitivamente dentro de la prisión.

La amenaza no tardó en materializarse. Al día siguiente, aprovechando el cambio de turno, Dolores y tres de sus secuaces acorralaron a Sara y a Marta en el pabellón de las duchas comunes, un lugar donde los gritos quedaban ahogados por el vapor y el agua. Para su horror, la oficial Castro vigilaba la entrada, asegurando que nadie interrumpiera la inminente ejecución.

Para su horror, la oficial Castro vigilaba la entrada, asegurando que nadie interrumpiera la inminente ejecución.