El desprecio de un campeón arrogante ante mi viejo rifle familiar reveló un secreto
El desprecio del campeón
El sol del mediodía caía implacable sobre el campo de tiro de Cantoblanco, tiñendo el aire de un polvo dorado que se levantaba con cada ráfaga de viento. Las gradas de madera estaban repletas de aficionados y competidores que esperaban el inicio del Campeonato Nacional. Entre la multitud, Clara caminaba con paso firme, sosteniendo un viejo estuche de cuero desgastado por los años. Su cabello rubio iba recogido en una sencilla coleta, y vestía una sudadera gris que contrastaba con los lujosos equipos de los demás participantes.
A pocos metros, Gregorio, el actual campeón indiscutible, la observaba con una mueca de superioridad. Llevaba un chaleco táctico impecable y una gorra de marca que denotaba su estatus de favorito. Al ver que Clara se aproximaba a la mesa de preparación, Gregorio se interpuso en su camino con una sonrisa burlona.

—Esto es un campeonato nacional, no un desguace —dijo Gregorio, lo suficientemente alto para que los espectadores de las primeras filas lo escucharan.
Clara no respondió. Se limitó a colocar el estuche sobre el banco de madera con una calma que pareció irritar al campeón. Con un gesto pausado, comenzó a desabrochar los viejos cierres de metal.
—Cuidado, esa cosa puede desmontarse antes de disparar —añadió Gregorio, desatando algunas risas entre sus seguidores.
Al abrir la tapa, el estuche reveló un rifle de madera de nogal oscura, pulido por el tiempo pero impecablemente limpio. Era un arma clásica, de una época en la que la precisión dependía del pulso del tirador y no de la tecnología digital.
—¿Seguro que quieres competir con eso? —preguntó Gregorio, cruzándose de brazos con incredulidad.
Clara levantó el rifle, sintiendo el peso familiar y el frío del metal contra su mejilla. Apuntó hacia la diana situada a doscientos metros. El ruido del viento pareció desvanecerse mientras sus ojos azules se enfocaban a través de la mira telescópica.
—Solo necesito una bala —susurró con voz firme.
Apretó el gatillo. El estruendo del disparo silenció el campo. El proyectil impactó exactamente en el centro absoluto de la diana, destrozando el pequeño círculo negro. Gregorio dio un paso atrás, con el rostro pálido y la boca abierta.
—No... ¿quién eres? —tartamudeó, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
”—tartamudeó, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.