El accidente con el plato de pasta reveló la verdad sobre el humilde conserje
La cafetería del instituto siempre era un hervidero de risas, bandejas metálicas chocando y el murmullo constante de cientos de estudiantes. Sin embargo, en cuestión de un segundo, todo ese ruido ensordecedor se apagó por completo, dejando un silencio denso y cargado de tensión. Claudia, una joven de veinte años con una sudadera verde y el pelo corto de estilo pixie rubio, se quedó inmóvil, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un gesto de puro terror. A pocos centímetros de ella, el desastre era absoluto.
Un choque inesperado
Raúl, el veterano conserje del centro, permanecía de pie, completamente inmóvil. Su uniforme caqui, impecable hasta hacía unos instantes, estaba ahora cubierto de arriba abajo por una densa salsa de tomate y fideos de espagueti que resbalaban lentamente por su pecho. El hombre, calvo y de piel curtida por los años, no reaccionó con gritos ni enfado; simplemente bajó la mirada hacia su ropa con una resignación que partía el alma.

—Lo siento... lo siento muchísimo, de verdad. Ha sido un accidente —consiguió balbucear Claudia, sintiendo cómo la sangre se le agolpaba en las mejillas ante la mirada de todos sus compañeros.
Pero antes de que pudiera agacharse a recoger la bandeja del suelo, una sombra enorme se proyectó sobre ella. Martín, un imponente motero de barba tupida y chaleco de cuero negro que trabajaba ocasionalmente en el mantenimiento del instituto, se interpuso entre ambos. Su presencia física era intimidante, y el brillo de rabia en sus ojos oscuros hizo que Claudia retrocediera instintivamente.
—Eh. ¿Tienes algún problema con Raúl? —preguntó Martín con una voz profunda que resonó en las columnas verdes del comedor.
La joven tragó saliva, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones ante la imponente figura que la juzgaba en silencio.
—No. Yo... no —tartamudeó Claudia, aterrorizada por la agresividad del motero, mientras Raúl intentaba inútilmente calmar a su protector.
”no —tartamudeó Claudia, aterrorizada por la agresividad del motero, mientras Raúl intentaba inútilmente calmar a su protector.