El día que defendí a una anciana en prisión cambió mi destino para siempre
Un patio teñido de hostilidad
El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de la prisión de Cruz del Sur, calentando las rejas de alambre de espino que limitaban el horizonte de las reclusas. El aire estaba cargado de tensión y del olor a asfalto recalentado. Lidia, una joven de veinticinco años con una larga trenza de un tono cobrizo que destacaba bajo la intensa luz, caminaba con paso tímido vistiendo el tosco chándal gris reglamentario. Su objetivo era simple: sobrevivir a su primera semana sin llamar la atención de las facciones que controlaban el penal.
De repente, el silencio relativo se rompió con el silbido de un balón de baloncesto lanzado a gran velocidad. Era un proyectil dirigido directamente a su cabeza. Gracias a sus reflejos rápidos, Lidia se agachó instintivamente. El balón pasó rozando su hombro y golpeó la valla metálica con un estruendo metálico que resonó en todo el patio. Quien lo había lanzado era Begoña, una reclusa de treinta y siete años de complexión robusta y mirada desafiante, temida por su crueldad.

—¡Buena parada, nueva! Bienvenida a la pista —dijo una voz suave y temblorosa.
Era Felisa, una mujer de setenta y tres años, menuda y de aspecto sumamente frágil, que también vestía el uniforme de la prisión. Felisa se apresuró a ayudar a Lidia a incorporarse, mostrándole una compasión poco común en aquel infierno. Sin embargo, la agresión no había terminado. Begoña se acercó con paso lento pero implacable, con los puños cerrados y rodeada de un par de reclusas que sonreían con malicia.
Al ver la amenaza inminente, la anciana Felisa dio un paso al frente de manera heroica, interponiéndose entre la imponente agresora y Lidia.
—¡No le hagas eso! Déjala en paz —exclamó Felisa con una valentía que no correspondía a su débil cuerpo.
Begoña, enfurecida por la interferencia, soltó una carcajada despectiva y, de un violento empujón, arrojó a la anciana al suelo de cemento. El cuerpo de Felisa impactó contra el suelo con un sonido seco. En ese instante, algo cambió en los ojos de Lidia. El miedo desapareció, reemplazado por una ira fría y arrolladora. Se levantó lentamente, con la mandíbula apretada, lista para combatir.
”Se levantó lentamente, con la mandíbula apretada, lista para combatir.