Secretos de familia · Historia

El día que un niño entró en la guarida de los Lobos de Hierro

El día que un niño entró en la guarida de los Lobos de Hierro — Parte 1
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El refugio en la tormenta

La lluvia de aquella noche de otoño azotaba con fuerza las calles empedradas del pequeño pueblo de montaña en Asturias. Con el corazón desbocado y la ropa empapada, el pequeño Sergio, de tan solo ocho años, corría sin mirar atrás. Su camisa de franela roja estaba empapada y manchada de barro, pero el miedo a los hombres que lo perseguían era mucho mayor que el frío que calaba sus huesos. Su padre, Juan Vega, le había dado una sola instrucción antes de ser capturado por aquellos desconocidos vestidos de negro: "Corre a la vieja taberna del sótano y busca a Hank".

Sergio empujó con todas sus fuerzas las pesadas puertas dobles de madera carcomida y descendió a trompicones los escalones de piedra que conducían al sótano. El aire allí abajo era espeso, impregnado de humo de tabaco, cuero viejo y cerveza barata. Alrededor de una gran mesa de madera rústica, varios hombres corpulentos y tatuados, con chalecos de cuero oscuro, detuvieron sus conversaciones al ver entrar al exhausto intruso.

El día que un niño entró en la guarida de los Lobos de Hierro

En el centro de la mesa se encontraba Hank, un hombre de imponente presencia, con una barba canosa bien recortada y una mirada que imponía un respeto absoluto. Sergio, con lágrimas mezcladas con gotas de lluvia corriendo por sus mejillas, se acercó tambaleante.

Por favor, señor, ayúdeme. Mi padre dijo que, si alguna vez estaba en peligro, debía venir aquí. Me están persiguiendo. Por favor.

Hank alzó la vista lentamente, sosteniendo con firmeza un pesado vaso de vidrio lleno de licor. Sus ojos grises escanearon al niño con una mezcla de sospecha y desconcierto. Ningún niño de fuera se atrevía a entrar en la guarida de los Lobos de Hierro.

¿Cómo se llama tu padre, chaval? —preguntó Hank con una voz profunda que pareció hacer vibrar el sótano.

Sergio tragó saliva, conteniendo un sollozo, y pronunció el nombre que su padre le había grabado a fuego en la memoria:

Juan Vega.

El silencio que siguió fue sepulcral. El pesado vaso de vidrio se deslizó de los dedos de Hank, estrellándose contra el suelo de piedra y esparciendo trozos brillantes por doquier. El líder de los moteros se puso en pie, con el rostro pálido y los ojos desorbitados por la incredulidad.

¡Eso es imposible! —rugió Hank, mientras los demás miembros de la banda se ponían en pie de un salto, mirándose entre sí con absoluta estupefacción.

—rugió Hank, mientras los demás miembros de la banda se ponían en pie de un salto, mirándose entre sí con absoluta estupefacción.