El día que un niño entró en la guarida de los Lobos de Hierro
Anteriormente: Sergio, un niño de ocho años, huye de unos hombres peligrosos y busca refugio en un club de moteros. Al pronunciar el nombre de su padre, el líder de la banda se queda sin aliento.
El regreso de un fantasma
Hank rodeó la mesa con paso firme, ignorando los cristales rotos que crujían bajo sus pesadas botas de cuero. Se arrodilló frente a Sergio, colocándole sus enormes manos tatuadas sobre los hombros con una delicadeza sorprendente para un hombre de su tamaño. Sus ojos, antes fríos como el hielo, ahora brillaban con una emoción contenida que ninguno de sus hombres había visto jamás.
Muchacho, mírame —pidió Hank con voz ronca—. Juan Vega era mi hermano, el cofundador de este club. Pero nos dijeron que había muerto en un accidente de coche hace cinco años en la carretera del norte. Nos mostraron pruebas, fotos... un ataúd cerrado. ¿Estás seguro de lo que dices?
Sergio asintió repetidamente, sacando del bolsillo interior de su camisa una vieja medalla de plata con el emblema del club que su padre le había entregado antes de que se lo llevaran. Al ver la joya, Hank cerró el puño con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El engaño era monumental; su mejor amigo seguía vivo, y alguien dentro de su propio círculo los había traicionado para separarlos.

Antes de que pudieran asimilar la revelación, las pesadas puertas de madera del sótano se abrieron con violencia. Tres hombres armados, con chaquetas oscuras y rostros cubiertos, irrumpieron en la taberna con las armas en alto. El líder de los intrusos, con una sonrisa cínica, apuntó directamente a Sergio.
Entréguennos al crío y nadie más saldrá herido de aquí —dijo el hombre con frialdad—. Su padre ya está bajo nuestro control, y si quieren que siga respirando, más vale que no interfieran en los negocios de la familia.
Los moteros de los Lobos de Hierro no dudaron un segundo. Al unísono, desenvainaron sus armas y formaron una barrera humana infranqueable delante de Sergio. Hank se puso de pie lentamente, interponiéndose entre el cañón del arma y el niño, con una mirada cargada de una furia letal.
Cometiste el peor error de tu miserable vida al entrar aquí —sentenció Hank, con un tono que heló la sangre de los invasores—. En este sótano no entregamos a los nuestros.
”En este sótano no entregamos a los nuestros.