El empresario que me humilló por ser limpiadora no sabía quién era yo
Anteriormente: Paula soportó las burlas de Borja en el club de tiro VIP sin inmutarse, pero un solo disparo perfecto y una tarjeta negra revelaron que su humilde uniforme ocultaba un secreto millonario.
El acoso en el aparcamiento
Paula cruzó las puertas del club de tiro y se dirigió a su viejo utilitario estacionado en el rincón más alejado del aparcamiento. Sabía que la tarjeta negra que sostenía en su mano era la clave para recuperar el legado que la familia Alarcón le había arrebatado a su padre. Pero antes de que pudiera encender el motor, la puerta del copiloto se abrió de golpe y Borja se deslizó en el asiento, con el rostro desfigurado por la rabia.
Detrás de él, dos corpulentos guardaespaldas bloquearon el paso del vehículo, impidiendo cualquier intento de escape. La prepotencia habitual de Borja se había transformado en una desesperación violenta.

—¿De dónde has sacado esa tarjeta? —siseó Borja, agarrando el brazo de Paula con fuerza—. Ese dispositivo pertenece a las oficinas de alta seguridad de mi padre. Si crees que vas a salir de aquí con los secretos de nuestra empresa, estás muy equivocada.
—Esta tarjeta contiene las pruebas de cómo tu padre estafó y arruinó al mío para quedarse con la compañía —respondió Paula, manteniendo una calma glacial que desconcertó al millonario—. Solo estoy recuperando lo que legítimamente nos pertenece.
Borja soltó una carcajada amarga y sacó su teléfono móvil, mostrándole la pantalla. Ya había realizado una llamada de emergencia.
—He llamado a la policía de inmediato. Les he dicho que una empleada de limpieza inestable me ha robado material confidencial y me ha amenazado con un arma de fuego. Tengo a toda la galería de tiro de testigo afirmando que manipulaste mi pistola —amenazó Borja con una sonrisa de triunfo—. Estás acabada, Paula. Vas a ir a la cárcel antes de que puedas usar esa tarjeta.
A lo lejos, el ulular de las sirenas policiales comenzó a resonar, acercándose rápidamente al recinto del club de tiro. Los guardaespaldas sonrieron, sabiendo que la trampa estaba cerrada. Sin embargo, Paula no mostró ni un ápice de temor; en su lugar, una sutil sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.
”Sin embargo, Paula no mostró ni un ápice de temor; en su lugar, una sutil sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.