El desprecio de mis compañeros terminó cuando el general descubrió quién era mi padre
Anteriormente: Mónica soportó las humillaciones de sus compañeros en el campo de tiro, pero un disparo perfecto y una vieja insignia militar revelaron un secreto familiar que cambiaría su destino para siempre.
Secretos en la oficina del general
La insignia que el general Herrera sostenía en su mano no era una condecoración ordinaria. Pertenecía al capitán Martín, un héroe caído en desgracia quince años atrás tras ser falsamente acusado de traición. Para Mónica, esa placa de metal era el único recuerdo de su padre; para Herrera, era la prueba de que el pasado no había quedado enterrado.
El general ordenó suspender la sesión y exigió a Mónica que lo acompañara de inmediato a su despacho. Darío intentó protestar, alegando que una civil sin rango no debería recibir tratos de favor, pero una mirada gélida de Herrera lo obligó a retroceder y morderse la lengua.

Una vez a puerta cerrada en el imponente despacho del general, decorado con mapas antiguos y banderas de España, Herrera se derrumbó emocionalmente sobre su escritorio. El peso de los años parecía haber caído sobre sus hombros en un segundo.
—Tu padre era el hombre más íntegro que he conocido en mi vida, Mónica —confesó el general con voz ronca—. Cuando lo acusaron de vender información clasificada, busqué pruebas para defenderlo, pero todas las pistas fueron destruidas. Supe que fue una conspiración interna, pero nunca pude demostrarlo.
Mónica sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero las contuvo. El dolor de ver el nombre de su familia manchado durante toda su juventud se transformó en una chispa de justicia.
—Por eso estoy aquí, señor —respondió Mónica con firmeza—. Quería ver a los ojos a quienes destruyeron a mi familia.
Sin embargo, el peligro acechaba más cerca de lo que imaginaban. Herrera le advirtió que los responsables de la traición aún ocupaban puestos de alto rango en la base y que harían cualquier cosa para evitar que la verdad saliera a la luz. Esa misma noche, mientras Mónica cruzaba el patio oscuro hacia los dormitorios, tres figuras le cortaron el paso. A la cabeza estaba Darío, sosteniendo un fajo de documentos confidenciales robados. Su mirada ya no era de burla, sino de una fría y peligrosa amenaza.
”Su mirada ya no era de burla, sino de una fría y peligrosa amenaza.