El jefe corrupto que intentó silenciarme y la verdad que no pudo enterrar
La tormenta en el piso treinta
El sol de la tarde se filtraba entre los rascacielos del paseo de la Castellana, proyectando sombras alargadas y doradas sobre el despacho de Arturo, el director general de la firma. Era una oficina de diseño vanguardista, dominada por un imponente escritorio de cristal templado. Allí se encontraba Clara, una brillante analista financiera de cabello rubio ceniza, sosteniendo una carpeta de cuero que contenía las pruebas definitivas de un desfalco multimillonario que amenazaba con hundir la compañía.
Arturo, impecable en su traje gris acero, la miraba con una frialdad gélida. Cuando Clara le exigió que se entregara a las autoridades, la fachada de caballero respetable de Arturo se desvaneció por completo. Con un movimiento rápido y cargado de una violencia brutal, el ejecutivo rodeó la mesa y la sujetó con fuerza. Agarró con saña el cabello de Clara, ignorando sus gritos de dolor, y estampó su cabeza directamente contra la superficie acristalada.

¡Te advertí que no te metieras en mis asuntos, estúpida! ¡Ahora pagarás el precio!
El impacto fue devastador. El escritorio de cristal estalló en mil pedazos, esparciendo fragmentos brillantes por toda la alfombra de diseño. Clara cayó al suelo aturdida, con la frente ensangrentada y la respiración entrecortada. Arturo, fuera de sí, se preparó para propinarle un golpe definitivo para asegurar su silencio.
Fue en ese instante de terror absoluto cuando la puerta del despacho se abrió de golpe. Sara, una analista de cabello oscuro que vestía un elegante chaleco corporativo, irrumpió en la sala. Al ver a su mejor amiga indefensa en el suelo, la furia se apoderó de ella. Sin vacilar, tomó impulso, corrió por el despacho y se lanzó en el aire, propinando una espectacular patada voladora directo al pecho de Arturo. El impacto mandó al corrupto director al suelo, gimiendo de dolor entre los escombros de su propio imperio.
”El impacto mandó al corrupto director al suelo, gimiendo de dolor entre los escombros de su propio imperio.