Traición · Historia

El millonario que defendió a su sirvienta de las garras de su despiadada esposa

El millonario que defendió a su sirvienta de las garras de su despiadada esposa — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Elisa humilló de la peor manera a la anciana sirvienta que lo crio, Arturo no dudó en intervenir. Un secreto familiar oculto durante décadas estaba a punto de salir a la luz.

El descubrimiento de la traición

Elisa se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre una de las sillas de la cocina. Su rostro, antes pálido, se encendió de rabia al ver a su esposo defender a la sirvienta. Se levantó rápidamente, alisándose el traje ahora salpicado de vino y polvo, y miró a Arturo con un odio visceral.

—¿Te has vuelto loco, Arturo? —gritó, con la voz temblando de indignación—. ¡Estás defendiendo a una delincuente! Esta mujer te ha estado robando a tus espaldas durante años.

Arturo, que ayudaba a Azucena a incorporarse con extrema delicadeza, se giró hacia su esposa con los ojos inyectados en sangre. No podía creer las palabras que salían de su boca. Azucena era la honestidad personificada; jamás habría tocado un solo céntimo que no le perteneciera. Sin embargo, Elisa sonrió con malicia y extrajo de su bolso de diseñador un cofre de madera lacrada que Arturo reconoció de inmediato: era el joyero personal de su difunta madre.

El millonario que defendió a su sirvienta de las garras de su despiadada esposa
—¿No me crees? Mira esto —dijo Elisa, arrojando el cofre sobre la mesa de mármol. El impacto hizo que la tapa se abriera, revelando collares de perlas, anillos de diamantes y, debajo de las joyas, un fajo de cartas atadas con una cinta roja desgastada—. Lo encontré escondido en el fondo del armario de su habitación. Tu querida Azucena es una ladrona de la peor calaña.

Arturo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Azucena, esperando una negación rotunda, pero la anciana solo pudo cubrirse el rostro con las manos, sollozando con una culpa evidente. Con el corazón latiendo a mil por hora, Arturo se acercó a la mesa y tomó el fajo de cartas. La caligrafía elegante y firme de su padre fallecido decoraba los sobres. Al desdoblar la primera carta, la verdad comenzó a revelarse ante sus ojos, transformando su ira en un asombro absoluto.

Al desdoblar la primera carta, la verdad comenzó a revelarse ante sus ojos, transformando su ira en un asombro absoluto.